¿Informar con objetividad, imparcialidad y veracidad? o¿confundir, manipular y disfrazar la verdad?
La credibilidad es un término que relacionamos con la certeza, fiabilidad o aceptación de un hecho como verdadero y por tanto anima a quien recibe la información a confiar en el contenido.
Las informaciones falsas o «fakes», se han atribuido hasta ahora a las publicaciones de personas que generalmente emplean las redes sociales a través de individuos u organizaciones que motivados por intereses económicos, políticos, o individuales; con las finalidades más variopintas: unos para influir a favor de alguna tendencia política, social o publicitaria que puede ir en favor o en contra del protagonista o hecho y circunstancia citado; otros con el objetivo de que sin escrúpulos o respeto alguno se constituyen en dueños de las verdades y crean alertas, alarmas y urgencias sin un sustento sólido, pretendiendo obtener más «likes», seguidores o suscriptores para esparcir sus ocurrencias.
Estos métodos han existido desde siempre y han sido usados para encumbrar o desprestigiar a personas, empresas, entes de todo tipo; incluso gobiernos. Siempre en el medio periodístico a esto se le ha llamado amarillismo.
La prensa amarilla surgió en Nueva York a finales del siglo XIX cuando Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst, editores rivales en su tiempo, publicaban titulares sensacionalistas, noticias falsas y escandalosas ilustraciones con el fin de incrementar las tiradas de sus respectivos periódicos el New York World y el New York Journal. De manera que la lucha por el mercado de lectores neoyorquino les llevó a sacrificar la verdad, la imparcialidad y la objetividad por la exageración y el impacto emocional en sus pretendidos lectores, solamente para conseguir vender más periódicos. El origen del término se basa en un personaje creado por Richard F. Outcault llamado «The Yellow Kid» (el niño amarillo), quien primeramente trabajó para Pulitzer y luego para Hearst, provocando una guerra entre ambos por el personaje. Entre las temáticas amarillistas se relacionaban de manera exagerada situaciones de crímenes, desastres, sexo, adulterios, personajes públicos, intimidades y política para generar shock; todo era manipulación de la opinión pública con fines por lo general previstos y planificados; como por ejemplo el impacto que generó esta manipulación en la guerra hispano-estadounidense en 1898.
Una vez aclarado el origen del término amarillismo, dejamos claro que a lo largo del siglo XX y en lo que va del siglo XXI, estas prácticas de manipulación, lejos de extinguirse o al menos ralentizarse, son cada vez más usuales y su uso no se circunscribe a la prensa escrita en panfletos de prensa rosa; ¡no!.
Lamentablemente el amarillismo actual va mucho más allá de la prensa escrita, de las redes sociales, de la radio y de la televisión. El amarillismo existe en un alto porcentaje de la información que consumimos.
Ya no hay credibilidad en las campañas de publicidad que ofrecen productos milagrosos o baratos, con ofertas atractivas, porque si «lees la letra pequeña», ves que el anuncio no es tan fiable; tampoco crees en los discursos de los políticos del bando o ideología que sean, porque cualquiera promete el cielo, pero hasta ellos saben que no será posible. Las religiones venden un dios, cada una por su lado con dogmas diferentes, pero diezmos más o menos similares.
Y los gobernantes de turno siguen publicando encuestas «fakes», en las cuales se encumbran como los preferidos e imbatibles en los futuros procesos electorales.
Cada quien es libre para escoger el «niño amarillo» de su preferencia, hay libertad de elección; pero es necesario dejar claro que hoy en día, después de ver tantas contradicciones, también llamados «cambios de opinión», después de ver tantas promesas incumplidas, después de ver cómo se culpa a los contrarios de los errores propios y viendo cómo se devoran unos a otros sin pudor, sin respeto alguno al ciudadano, que embobado y en shock mira el panorama informativo con más desconfianza e incredulidad que nunca.
«Diga siempre la verdad, de manera que no tenga que recordar lo que ha dicho»
Mark Twain




