La Marmota por Rosario Segura

20 de febrero de 2026 - redaccion Eco

La Marmota

Febrero tiene días para reflexionar: el 6, con la tolerancia cero ante la mutilación genital femenina; el 11, con la mujer y la niña en la ciencia; y el 2, con el llamado “día de la marmota”, ese símbolo de la repetición: lo que pasa, nos indigna, se comenta dos días y se archiva para que entre el siguiente estímulo. Pero si algo debiera romper ese bucle es la violencia sexual contra las mujeres. Porque aquí la repetición no es anécdota, es estructura.

Nos hemos acostumbrado a tratar cada agresión como un caso aislado, como si fuera una mala excepción en un sistema que “en general” funciona. Y sin embargo ¿por qué se repite? Si la respuesta fuese solo política, (un mal gobierno, una mala ley, un mal partido) bastaría con cambiar el color de las instituciones. Pero las violaciones, las vejaciones, el abuso y la intimidación no nacen únicamente en el boletín oficial, nacen en una sociedad que todavía educa en desigualdad, que tolera chistes, silencios, complicidades y que duda de las víctimas con más facilidad de la que duda de los poderosos y que confunde “presunción de inocencia” con “presunción de mentira” cuando quien denuncia es una mujer.

Por eso, cuando salta un caso especialmente grave, como el de un alto mando policial es acusado de violación, en una institución obligada precisamente a proteger la libertad sexual, el relato del progreso se rompe. No se trata de dictar sentencias desde una opinión. Se trata de mirar la asimetría de poder, la vulnerabilidad de la víctima, el miedo a denunciar, la presión del entorno, los mecanismos internos que a veces reaccionan tarde, cuando el escándalo ya es público y no queda margen para esquivar el tema. Y entonces vuelve la marmota institucional, haciendo lo mínimo, e intentando pasar página. ¿Basta con una renuncia? ¿Basta con “apartarlo” para que el sistema quede limpio? ¿O lo que necesitamos es rendición de cuentas real, procedimientos que funcionen antes del ruido y una cultura organizativa que no proteja a los suyos por encima de la justicia?

Ahora aparece el truco del millón, convirtiendo la violencia sexual en una guerra cultural sobre la apariencia. En vez de hablar de hechos, pruebas, protección efectiva y reparación, se nos empuja a discutir si las mujeres van más o menos tapadas, si “provocan”, si “se exponen”, si “se lo buscaron”. Es una maniobra de distracción y, peor aún, una coartada social que desplaza la responsabilidad del agresor a la víctima y deja intacta la raíz machista del problema.

Si febrero sirve para algo, debería servir para romper la repetición. Tolerancia cero no como lema de campaña, sino como exigencia cotidiana. Memoria y acción, no solo memoria y gesto. Acción es prevenir con educación afectivo-sexual seria y temprana, reforzando la atención a víctimas sin sospecha previa. Garantizando unas investigaciones ágiles y transparentes. Se trata de exigir responsabilidades a quien encubre o minimizan el execrable abuso sexual a mujeres. Es también eso de revisar culturas laborales donde el abuso se disfraza de “jerarquía” o “bromas” y por supuesto no mirar hacia otro lado cuando el agresor es “conocido”, “respetado” o “uno de los nuestros”.

La marmota no es el calendario de febrero, creo que somos nosotros cuando aceptamos la repetición como normalidad.

¿cuántos febreros faltarán para dejar de debatir la ropa de las mujeres y empezar, de una vez, a exigir responsabilidades al poder (de todos los colores) y a una sociedad que aún arrastra demasiadas inercias machistas.