Una de las palabras más impactantes del Diccionario es «guerra», por todo lo que representa, por su significado, su contenido y sus consecuencias. Se asocia con pena, tristeza, desolación, destrucción, pérdidas de toda índole y, en definitiva, con lo peor que podemos imaginar. Guerra significa MUERTE, el final.
Podríamos decir que «guerra» es sinónimo de lucha, combate, lid o enfrentamiento, entre otros términos.
Desde el inicio de la guerra o invasión de Ucrania, se ha alertado repetidamente sobre la posibilidad de que este conflicto se extienda por nuestro continente. Ante esta preocupante perspectiva, varios países de la región han tomado medidas preventivas, como la reactivación de la formación militar básica para jóvenes, la actualización de conocimientos militares de los reservistas o la reinstauración del servicio militar obligatorio. Cada país se ha preparado para un posible conflicto, pero España, hasta ahora, ha permanecido notablemente ajena a la tensión real que se vive en el entorno. Como es habitual, es posible que se tomen medidas a última hora, cuando la necesidad de improvisar
genere consecuencias lamentables.
Tanto desde la OTAN como desde la Unión Europea, organizaciones de las que nuestro país forma parte, se ha insistido durante muchos meses en la conveniencia de destinar recursos humanos y materiales para ampliar las capacidades militares de todos los países miembros. En los últimos meses, se han establecido metas mínimas de inversión y plazos para la implementación de estas medidas. Sin embargo, como se ha podido confirmar, nuestro país, una vez más, llega tarde a la acción, repitiendo la ya conocida costumbre de posponer decisiones hasta el extremo de tener que improvisar.
Al escuchar a los políticos de otros países de nuestro continente, se percibe de inmediato la urgencia y preocupación ante una situación con altas probabilidades de ocurrir. España, en cambio,está con los pantalones en los tobillos, ya que ha obviado, eludido y postergado el tema. No se han previsto ni presupuestado los recursos necesarios, y la soberbia, la imprevisión y la irresponsabilidad de quienes deciden nuestro futuro les ha impedido ver más allá de sus propios intereses. Mirar más allá de sus discursos narcisistas y demagógicos sería esperar demasiado de quienes solo piensan en mantenerse en el poder y disfrutar de sus beneficios personales.
La serie de acontecimientos que se han desarrollado desde que Donald Trump asumió la presidencia de Estados Unidos revela la legitimidad de su nacionalismo. Trump protege sus intereses, como todos protegemos los nuestros. Desde su llegada a la presidencia, dejó claro, con cifras, que históricamente su país ha sido el mayor inversor en recursos de la OTAN. Esto ha llevado a que varios países, que siempre han estado bajo esa protección y dependencia, hayan descuidado y desestimado aumentar sus contribuciones a la organización, de la que dependen en situaciones difíciles, como los conflictos armados. Trump considera que ha llegado el momento de que todos contribuyan. Ante esta realidad, muchos critican a Trump, sin analizar las razones. Estados Unidos no puede seguir siendo la «mama gallina» que cobija a sus pollitos bajo sus alas. Algunos pensamos que en nuestro país seguimos mirando hacia otro lado, sin apreciar la magnitud del riesgo ni valorar las probabilidades que todos los países de nuestro entorno han considerado, llevándolos a actuar en consecuencia.
Muchos nos encomendamos a la Providencia Divina y rogamos que no ocurra nada, porque tenemos muy claro que quienes irán al frente a dar sus vidas serán nuestros hijos y nietos, no los políticos que hemos elegido para que nos representen y que, desde sus búnkeres, enviarán a morir al pueblo, que con su mochila de supervivencia se enfrentará a lo que Dios quiera que nos tengamos que enfrentar.
«Guerra significa MUERTE, y pedimos a Dios que no ocurra y que regrese la paz.»
La Sombra de la Guerra:¿Está España Preparada? por Manuel de Jesús Garcia.
