Lorca, un patrimonio que exhala la historia de un territorio

1 de mayo de 2026 - ROSARIO SEGURA PEREZ MUELAS

La entrevista con Andrés Martínez, director del Museo Arqueológico y cronista de Lorca, permite asomarse a la extraordinaria riqueza histórica y cultural de una ciudad que no solo conserva patrimonio, sino que se explica a través de él. Lorca es un territorio escrito en capas que van desde la Prehistoria hasta el mundo romano, desde la cultura andalusí hasta la ciudad monumental que hoy conocemos.

   Uno de los enclaves más relevantes es la villa romana de La Quintilla, una de las grandes referencias arqueológicas de la Lorca romana. Fundada en época tardorrepublicana y habitada hasta el siglo III, alcanzó su mayor esplendor durante el mandato del emperador Adriano, en el primer tercio del siglo II. Sus mosaicos, pinturas murales, atrio, peristilo y zona residencial muestran la existencia de una villa señorial de gran refinamiento, vinculada a una explotación agrícola y perfectamente comunicada por su cercanía a la Vía Augusta.

   La Quintilla revela también la importancia del agua y de la planificación territorial. La villa se ubicó junto a un manantial que todavía brota y en un emplazamiento bien ventilado, próximo a tierras de cultivo y a una gran vía de comunicación. No era solo una residencia de prestigio, sino un centro económico conectado con las redes del Imperio romano.

   Otro lugar esencial es el cerro de Murviedro, cuyo nombre remite a la idea de “muro viejo” o “muro antiguo”. Desde esta elevación se domina el valle del Guadalentín, lo que explica su valor estratégico desde tiempos remotos. Las excavaciones han documentado sepulturas de hace unos 4.500 años y cabañas ovaladas del Bronce Tardío, vinculadas al pastoreo y a la metalurgia. Murviedro demuestra que Lorca fue un espacio de poblamiento continuado mucho antes de su configuración urbana actual.

   Además, este cerro forma parte de la imagen monumental de la ciudad. De sus canteras salió la piedra rojiza empleada durante siglos en zócalos, iglesias, palacios y casonas lorquinas, como la Colegiata de San Patricio o el propio Museo Arqueológico. Así, Murviedro no solo pertenece al pasado arqueológico, sino también a la estética urbana de Lorca.

    Andrés Martínez destaca igualmente la importancia de la Vía Augusta, gran eje de comunicación romano. El hallazgo de miliarios permitió confirmar su trazado por el valle del Guadalentín, paralelo al río. Especialmente relevante fue la aparición, tras las inundaciones de 2012, de una columna miliaria en excelente estado de conservación. Estos elementos muestran que Lorca estuvo integrada en una red de comunicaciones clave para el movimiento de tropas, mercancías y viajeros.

  El agua vuelve a aparecer como protagonista en la ceña de Tercia, donde se halló la parte inferior de una noria del siglo IX. Este descubrimiento revela la temprana implantación de sistemas de riego en época andalusí y la continuidad de una agricultura avanzada en el entorno lorquino. Junto a otros materiales, demuestra que la vida agrícola y el aprovechamiento hidráulico fueron esenciales en la historia del valle.

   El cronista subraya, finalmente, una idea fundamental: el patrimonio necesita ser investigado, conservado y divulgado. Lorca posee una riqueza histórica excepcional, pero su verdadero valor crece cuando los ciudadanos la conocen y la sienten como propia.

   La Quintilla, Murviedro, la Vía Augusta y la ceña de Tercia no son simples restos del pasado. Son capítulos de una misma historia, en la que se ubica una ciudad estratégica, agrícola, comercial y cultural, cuya memoria sigue viva bajo sus piedras, sus caminos y sus paisajes.

ROSARIO SEGURA