150 AÑOS DE JOAQUÍN ESPÍN RAEL
El próximo 15 de diciembre no es un lunes cualquiera en el calendario de Lorca. Ese día se cumplen exactamente 150 años —un siglo y medio— del nacimiento de un hombre que hizo más por el pasado de esta ciudad que casi cualquier otro: Don Joaquín Espín Rael.
Nacido en 1875, fue hijo único de una familia acomodada de Lorca. Esa posición social le permitió vivir sin depender de un “oficio” tradicional y dedicarse a sus intereses culturales e intelectuales.
No siguió un camino académico convencional. Su formación fue autodidacta, fundamentada en la lectura extensa de historia, literatura, Bellas Artes y adquisición de una biblioteca personal muy nutrida.
Esta formación “libre” —combinada con su herencia económica— le permitió cultivar una actitud investigadora, artística e historiográfica, sin presiones profesionales inmediatas.
En 1903 asumió el cargo de director artístico del Paso Blanco. Aunque su vocación inicial coqueteó con las Bellas Artes, su verdadera obra maestra no fue un lienzo, sino el Archivo Histórico Municipal.
En 1920, Joaquín Espín se enfrentó a una tarea titánica: entrar en un archivo «olvidado y revuelto» para poner orden en el caos. Pasó años clasificando legajos, salvando documentos de la humedad y el expolio, y creando el sistema que permitiría a las generaciones futuras (incluidos investigadores como Muñoz Barberán) bucear en nuestra historia. En 1921 fue nombrado Archivero Municipal Honorario de Lorca; cargo que ejerció hasta su muerte.
También formó parte de instituciones culturales más allá de su ciudad: fue miembro correspondiente del Centro de Cultura Valenciana desde alrededor de 1920.
En 1924-1925 ejerció como profesor en el colegio local “La Purísima Concepción”, impartiendo Historia Universal e Historia Literaria.
Pero su amor por Lorca no se quedó en el papel. Espín Rael entendía el patrimonio como algo vivo. Fue él quien, en 1932, consiguió los fondos necesarios para la primera gran restauración de la Torre Alfonsina, el símbolo de la fortaleza de la ciudad.
Sin su intervención, es probable que la silueta de nuestro castillo fuera hoy muy distinta.
Aquel mismo año, impulsó la «Sociedad de Amigos del Arte» en la Corredera, intentando inyectar cultura en las venas de la sociedad lorquina de la época.
En 1934 fue designado Cronista Oficial de Lorca, sucediendo a su antecesor tras su fallecimiento.
En 1941 fue nombrado académico fundador de la Academia Alfonso X el Sabio y también fue miembro de la Real Academia de la Historia.
Su producción literaria fue vasta y, a menudo, financiada de su propio bolsillo. Escribió sobre todo: desde la necrópolis romana de Eliocroca hasta la imaginería de Salzillo. Se interesó por la historia local, la arqueología, la numismática, la heráldica, el arte, la epigrafía y todo lo vinculado al pasado de Lorca.
Publicó numerosos artículos en periódicos regionales y revistas especializadas de Madrid, Murcia y Lorca.
Entre sus trabajos más relevantes destacan cinco monografías y estudios como:
De la vecindad de Pérez de Hita en Lorca, desde 1568 a 1577 (1922).
El arquitecto Martínez de Lara y el famoso pantano de Lorca (1926).
Artistas y artífices levantinos (1931).
Privilegio para acuñar moneda, dado a Lorca en 1297 (1936).
Investigaciones sobre “El Quijote apócrifo” (1942).
Joaquín Espín Rael falleció en enero de 1959, pero su sombra es alargada. Hace 50 años, Lorca se volcó y su obra, sobre la vecindad de Ginés Pérez de Hita fue reeditada y ampliada en su centenario, en 1975, de la mano del pintor Manuel Muñoz Barberán.
Ahora, al cumplirse el 150 aniversario de su nacimiento, es de justicia volver a recordar al hombre que nos enseñó a valorar lo que somos. Porque, como rezaba aquel viejo artículo de su centenario que escribió Juan Guirao, para los que aman la historia local, Espín Rael sigue siendo «un modelo único e irrepetible de bienhacer».
Que este 15 de diciembre sirva para desempolvar sus libros y, con ellos, el orgullo de nuestra historia.
MariaM



