ERMITA DE SAN LÁZARO por Alfonso J. Rodríguez

9 de enero de 2026 - redaccion Eco

A veces, para entender quiénes somos, hace falta alejarse un poco del bullicio de la calle Corredera y subir la mirada hacia los cerros que abrazan nuestra ciudad. Allí, en el barranco de Albaricos, se levanta —o más bien resiste— la Ermita de San Lázaro, un centinela de piedra que guarda siglos de nuestra historia más profunda.

Un origen entre la fe y la necesidad
Aunque no hay una fecha exacta grabada en sus muros, los expertos coinciden en que este templo se levantó en la segunda mitad del siglo XV. Fue fruto de un voto de la ciudad, un grito de auxilio en tiempos donde la fe era el único escudo contra las enfermedades.
El Protector: San Lázaro, patrón de leprosos y mendigos, era el intercesor ideal en una zona de extramuros.
Aguas milagrosas: Cerca de la ermita nacía un manantial cuyas aguas, según cuentan las crónicas de 1622, tenían propiedades medicinales.
Tradición lorquina: Cada Viernes de Lázaro, los cabildos civil y eclesiástico subían en procesión para celebrar misa y sermón.
Joyas de arquitectura mudéjar
Lo que hacía verdaderamente especial a esta ermita era su techumbre. Contaba con una armadura de madera de par y nudillo, una técnica que demuestra la pericia de los maestros alarifes de la época. Además, en el costado de la Epístola, lucía un rosetón circular de tracería flamígera, una pieza de cantería gótica que era el orgullo del barrio.

El mito de la sinagoga y el ocaso
Durante décadas, la tradición local y autores como Cánovas Cobeño sostuvieron que San Lázaro fue la antigua sinagoga de la judería lorquina. Sin embargo, la arqueología moderna ha puesto las cosas en su sitio: la verdadera judería estaba protegida intramuros, en el recinto del Castillo.
Lamentablemente, el siglo XX no fue amable con este tesoro. En los años 30, el edificio estaba en una situación «deplorable».
En 1935 se denunció públicamente que el templo estaba reducido a «teatrales ruinas».
El tejado fue expoliado, perdiéndose gran parte de aquel artesonado mudéjar que nos conectaba con el Toledo de Samuel Leví.
La imagen del santo milagrero tuvo que ser trasladada a San Patricio para evitar su pérdida.
La resurrección: Una restauración necesaria
Tras décadas de abandono a su suerte, donde solo quedaban muros mellados mirando al infinito, la reciente restauración ha llegado como un bálsamo necesario. Este proyecto no solo ha buscado consolidar los restos que el tiempo no pudo tumbar, sino regenerar todo el entorno urbano de San Lázaro.
Se ha trabajado en la identificación de materiales originales y en la limpieza de las fases constructivas que van desde el siglo XV al XVIII. Hoy, gracias a este esfuerzo, la ermita deja de ser un «cadáver de piedra» para recuperar su lugar como foco de nuestra memoria colectiva. Es, en definitiva, un acto de justicia histórica con un rincón que, pese a todo, se negó a desaparecer.