Hablar de Lorca es hablar de devoción mariana, de una ciudad que ha visto crecer su identidad a la sombra protectora de la Virgen de las Huertas, patrona y símbolo de una tradición que hunde sus raíces en la historia, la leyenda y la fe de sus gentes.
La memoria lorquina sitúa el origen de la advocación en la época del infante Alfonso, futuro Alfonso X el Sabio, quien en el siglo XIII instaló su campamento en la fértil huerta de la ciudad para organizar la conquista de la fortaleza musulmana. Allí levantó un oratorio con una imagen mariana traída desde Zamora, a la que encomendó la protección de sus tropas. Según la tradición, fue esta Virgen la que ocultó a los soldados cristianos bajo un manto de nubes, permitiendo la victoria sobre los musulmanes.
En agradecimiento, el infante mandó erigir un templo bajo la advocación de Santa María de las Huertas, considerado el primer edificio religioso cristiano de Lorca tras la reconquista. Desde entonces, generación tras generación, los lorquinos han acudido a su santuario en busca de amparo, depositando pendones y banderas conquistadas como exvotos de gratitud.
Aunque los siglos han tejido realidad y leyenda, entre ruinas por inundaciones, rivalidades devocionales con la Virgen del Alcázar e incluso hallazgos arqueológicos que recuerdan un pasado islámico del lugar, la verdad es que la Virgen de las Huertas se convirtió en el corazón espiritual de Lorca, testigo de sus glorias, luchas y tragedias. Se podría concluir que esta imagen recobra una leyenda real donde la tradición popular ha bebido de sus fuentes.
La religiosidad popular lorquina no solo se expresa en procesiones y ofrendas. También late en la música, la danza y la voz del pueblo. En este punto la historia de la patrona se enlaza con la de los Coros y Danzas de Lorca, que han sabido llevar a los escenarios de España y del mundo la esencia de una cultura profundamente mariana.
El grupo de Coros y Danzas de Lorca se constituye en el año 1.945 con el fin de rescatar, conservar y difundir el folklore de la comarca del Guadalentín y sus alrededores a través de los cantos, música y danzas, indumentarias y tradiciones ancestrales. No podemos olvidar aquellas mujeres que hicieron posible con su gran trabajo de campo y documentación, así como arreglos musicales, de la mano de las hermnas Pinilla, familias como las de Agius, Peñárrubia, Martínez de Miguel , Ruiz, Mas, Abadie y Rosario Pérez-Muelas (compositora de piano), y muchas más… con el auspicio de la baronesa Excma Sra Dª Concha Sandoval y otras afines a la antigua Sección Femenina de Lorca.
Es de justicia recordar el año 1966, cuando el grupo lorquino, consiguió el Primer Premio Nacional de TVE en el concurso “Danzas de España”, marcó un hito en la vida cultural de la ciudad. Vestidos con el espíritu de identidad que impulsa la devoción a la Virgen de las Huertas, los Coros y Danzas se convirtieron en embajadores de un patrimonio donde lo religioso, lo festivo y lo popular forman un todo inseparable. Y también desde 1984 la impresionante labor divulgativa, a nivel internacional, de nuestra cultura que llevó a cabo la agrupación bajo la dirección de María Teresa Campoy Camacho, convirtiéndose en una de las mejores embajadoras lorquinas.
En aquellos bailes -la Jota de Lorca, la Tía María Carrillo, las Parrandas, las Malagueñas, no solo resonaban compases y giros: se escucha la voz de un pueblo que, igual que ante su Virgen, se reconoce en la música y en la danza, en la alegría compartida y en la fidelidad a sus raíces.
Hoy, la devoción a la Virgen de las Huertas sigue viva en romerías, fiestas y ofrendas florales. Y en paralelo, los Coros y Danzas mantienen viva la llama de la tradición, recordándonos que el patrimonio inmaterial de Lorca, -su fe, su música, sus danzas- se nutre de la misma fuente: la identidad colectiva de un pueblo que nunca ha dejado de mirar a su patrona como madre y guía.
Algo parecido hicieron, siglos antes, los lorquinos al depositar su confianza en la Virgen de las Huertas. Porque en Lorca, la devoción mariana y la expresión popular no son capítulos separados de la historia, sino un mismo latido que une pasado y presente en un canto de fe y de cultura.




