Espectáculo en Estado Puro por Rosario Segura
Ahora que termina la temporada taurina en España y que comienza en otros países del mundo no estaría mal recordar que hablar de toros es hablar de la esencia de lo español, de lo iberoamericano y de lo mediterráneo. La tauromaquia no es un entretenimiento más, no es un simple pasatiempo popular. Estamos hablando de un espectáculo en estado puro. En el albero se abrazan la música, el color, la danza, el riesgo y la poesía. Allí se enfrentan dos fuerzas de la naturaleza, por un lado la bruta potencia del toro y por otro la inteligencia y el engaño del torero. Todo ocurre en directo, sin red, sin repetición, sin segundas oportunidades.
El torero se planta valeroso frente al animal más fiero y noble de la tierra. En ese instante, se conjugan la fragilidad y el heroísmo, la vulnerabilidad humana y la grandeza del gesto. El desenlace final con la espada como símbolo, no es un mero acto de muerte, se trata de la culminación de un rito milenario que convierte la tragedia en arte. El estoque no solo somete al toro, sino que transforma el instante en una metáfora de la vida y de la muerte esperada.
Federico García Lorca, testigo y amante de la Fiesta, lo expresó con su habitual lucidez:
“El toreo es probablemente la riqueza poética y vital de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas …. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo”
No es casual que uno de los poetas más universales de nuestra lengua haya considerado al toreo como la máxima expresión de la cultura. Porque en la plaza todo es expresión desde el paseíllo con sus clarines, la música que acompaña la faena, el traje de luces como una armadura de oro y seda, hasta la muleta que danza en el aire al ritmo del color rojo sangre. Y la embestida del toro bravo, animal irrepetible que ha sido cuidado con excelencia durante cinco años, respetado y admirado en las dehesas, solo para ese momento supremo de la lidia.
Ernest Hemingway, fascinado por España y por sus toros, escribió en «Muerte en la tarde» que en ninguna otra parte encontraba el hombre moderno una experiencia tan real, tan desnuda de artificio, tan intensa como la corrida.
En una época de espectáculos de emociones prefabricadas, de pantallas y simulacros, los toros son la última representación auténtica, donde la vida y la muerte se miran cara a cara sin disimulo.
Ya lo dijo Cervantes en boca de Don Quijote, “En la mitad de una gran plaza dar una lanzada con felice suceso á un bravo toro : bien parece un caballero armado de resplandecientes armas pasar la tela en alegres justas delante de las damas…”
La corrida, como rito y como arte, trasciende fronteras. Une a españoles, portugueses, franceses, mexicanos, colombianos, venezolanos, ecuatorianos y peruanos en una pasión compartida. En los tendidos no importa la riqueza ni la ideología, ni la procedencia ni la edad. El ruedo es un lugar donde la diversidad se funde en una emoción común.
Quienes rechazan la Fiesta tienen todo el derecho a hacerlo. La libertad individual debe respetarse siempre. Pero esa misma libertad exige permitir que quienes sienten en los toros una herencia, un arte y una emoción incomparable, puedan vivirla. Como decía Lorca, la tauromaquia es cultura; prohibirla sería amputar una parte esencial de nuestra identidad.
Además, sin corridas no existiría el toro bravo. Esta raza única desaparecería, y con ella un ecosistema de dehesas que son auténticas reservas naturales. El toro de lidia no es un animal maltratado, es el más respetado y cuidado en el campo, símbolo de fuerza y nobleza, protegido y criado en condiciones que otros animales domésticos jamás conocerán.
La corrida no es teatro ni cine, ni fútbol ni circo. Es mucho más que todo ello, porque no admite engaños. En la plaza no hay dobles ni trucos, pues el torero expone su vida y el toro su bravura. Uno de los dos debe morir para que el arte se cumpla. Y ahí reside su grandeza, en ese dramatismo que convierte el espectáculo en rito, y el rito en cultura.
La tauromaquia es, en definitiva, un espectáculo en estado puro, un legado histórico que ha inspirado a poetas, pintores, músicos y escritores de todo el mundo, desde Goya hasta Picasso, desde Bizet hasta Sabina, desde Lorca hasta Hemingway. Es la metáfora viva de nuespera historia, de nuestras pasiones, de nuestra lucha permanente entre la razón y la fuerza, entre la vida y la muerte.
Rosario Segura







