“LOS MISERABLES”, por Luis Campoy
Hoy me vais a permitir que os hable un poco de mi musical favorito, que, al correr del tiempo, dio lugar a la que se convertiría también en una de mis películas preferidas. Me estoy refiriendo a “Los Miserables”, que, como muchos sabréis, nació como libro en 1862, siendo su autor el francés Victor Hugo. El argumento de “Los Miserables” tiene como protagonista a Jean Valjean, un pobre hombre que en 1795 comete el “grave” delito de robar una barra de pan para alimentar a sus sobrinos moribundos, razón por la cual es condenado a cinco años de cárcel, los cuales acaban convirtiéndose en diecinueve a raíz de sus varios intentos de fuga. Cuando por fin obtiene la libertad condicional, todo el mundo le desprecia por el mero hecho de haber sido presidiario y embrutecido, todavía roba la vajilla de plata del Obispo, la única persona que le había dado cobijo. La bondad del Obispo, que dice a la Policía que la plata no fue un robo sino un regalo y que con esa plata está comprando su alma para que sirva a Dios, hace que Valjean cambie de forma de vivir para siempre, hasta el punto de crearse una nueva identidad. Tiempo después, cuando es propietario de una fábrica de azabache y alcalde del pueblo en que reside, Valjean se hace cargo de Cosette, la pequeña hija de una trabajadora de su fábrica, Fantine, que había sido injustamente despedida por ser madre soltera y acaba de fallecer tras verse obligada a ejercer la prostitución, trasladándose a vivir con la niña a Paris, seguido muy de cerca por el fanático oficial de policía Javert, que le busca incansable desde que quebrantó la libertad condicional. En 1832, Cosette, ya una mujer, se enamora de un joven estudiante, Marius, que junto a sus heroicos amigos del Café ABC levantan una barricada para exigir libertad y justicia social. Valjean decide unirse a la causa revolucionaria sólo para proteger al hombre a quien ama su hija, encontrándose de nuevo con Javert, que no está dispuesto a olvidar que una vez fue un ladrón, uno de tantos miserables que se atrevió a profanar la Ley, algo que, para él, justifica cualquier castigo y condena… Como toda obra inmortal, “Los Miserables” ha tenido mil y una adaptaciones en múltiples formatos, tanto en teatro como en cine y televisión, y el musical del que os hablo data de 1980, año en que sus autores, Alain Boublil (letra) y Claude-Michael Schönberg (música) primero grabaron un disco conceptual y luego lo representaron en el Palais des Sports de París. El visionario productor escocés Cameron Mackintosh (“Cats”, “El Fantasma de la Opera”) no sólo intuyó las (enormes) posibilidades de la obra, sino que se enamoró verdaderamente de ella, haciéndose con los derechos y convirtiéndola en un evento de proporciones universales que arrasó en el West End londinense y posteriormente en Broadway. “Todo un fenómeno musical”… “El musical más popular del planeta”… “El musical que conmovió al mundo”… Todas esas frases promocionales, por una vez, hacen justicia a una de las obras más aclamadas de las últimas cuatro décadas, que tiene a un servidor entre sus más acérrimos seguidores. Después de varios intentos fallidos por llevarla al cine, en 2012 el sueño se hizo realidad, con una superproducción británico-franco-estadounidense de 61 millones de dólares. Tom Hooper, que había ganado el Oscar y el BAFTA con “El discurso del Rey” fue contratado como director, logrando reunir a un reparto alucinante para protagonizarla: Hugh Jackman (“Lobezno”) como Valjean, Russell Crowe (“Gladiator”) como Javert, la catwoman Anne Hathaway como Fantine, Amanda Seyfried (“Mamma Mia”) como Cosette y Eddie Redmayne (“Animales fantásticos…”) como Marius, además de Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter como los Thenardier, los despreciables mesoneros que acogieron a la niña Cosette sólo para utilizarla como criada. Todos y cada uno de estos intérpretes tuvieron que cantar en vivo durante el rodaje, algo insólito hasta entonces y que se ha vuelto a repetir con la reciente “Wicked”. Esta es quizás la parte más controvertida de la película, ya que el director, para aprovechar el esfuerzo y la expresividad de sus estrellas, las somete a larguísimos primeros planos que en ocasiones resultan demasiado agotadores. Aun así, Anne Hathaway ganó el Oscar gracias a su interpretación de la maravillosa canción “I Dreamed A Dream” y el español Paco Delgado fue nominado en la categoría de Mejor Diseño de Vestuario. En cualquier caso, se trata de una reconstrucción primorosa del siglo XIX francés llena de canciones preciosas e inolvidables y con un “mensaje” memorable que podría resumirse en esta frase de Victor Hugo: “Amar a otra persona es ver el rostro de Dios”.



