A diferencia de otros aventureros cinematográficos como Tarzán, Scaramouche, D’Artagnan o El Zorro, Robin Hood no nació en las páginas de una novela, sino en la tradición y las leyendas populares británicas. Según el folklore, Robin de Locksley fue un forajido que, refugiado con su banda de proscritos en el bosque de Sherwood, se enfrentó a los abusos del poder y repartió entre los pobres los bienes que arrebataba a los ricos. El personaje acabaría convirtiéndose en uno de los grandes mitos de la cultura popular y, naturalmente, también del cine.
Aunque Robin Hood ya había aparecido en varias películas mudas, el gran precedente fue Robin Hood (1922), protagonizada y dirigida por Douglas Fairbanks. Con la llegada del sonoro, Warner Bros. decidió recuperarlo a lo grande. A finales de 1933, el estudio puso en marcha una superproducción de dos millones de dólares, con el productor Hal B. Wallis al frente. Inicialmente, Wallis eligió como director a William Keighley y como protagonista a James Cagney, pero este último consideró que el personaje exigía unas condiciones físicas que no estaba dispuesto a asumir y rescindió su contrato con Warner. El papel pasó entonces a Errol Flynn, que acababa de triunfar con El capitán Blood. Su pareja en aquella película, Olivia de Havilland, fue contratada como Lady Marian, mientras que Basil Rathbone asumió el papel del malvado Sir Guy de Gisbourne y Claude Rains el del Príncipe Juan. El reparto se completó con Alan Hale como Pequeño John, Eugene Pallette como el Fraile Tuck, Patrick Knowles como Will Scarlet e Ian Hunter como Ricardo Corazón de León.
El rodaje comenzó bajo las órdenes de William Keighley en diferentes localizaciones de California, pero pronto surgieron problemas. Flynn y De Havilland se quejaban de la falta de ritmo y energía del trabajo del director y, cuando Wallis contempló el material rodado, comprendió que algo no funcionaba. Tomó una decisión drástica: despidió a Keighley y contrató a Michael Curtiz, que ya había dirigido a Flynn en El capitán Blood y La carga de la brigada ligera. La elección resultó decisiva. Curtiz era famoso por su carácter autoritario y por exprimir al máximo a actores y técnicos, y su relación con Flynn distaba mucho de ser amistosa. Parte de la hostilidad procedía incluso de cuestiones sentimentales: la primera esposa de Flynn, Lili Damita, había estado casada anteriormente con Curtiz. El enfrentamiento entre ambos fue constante, aunque Flynn aprovechaba precisamente la irritación de su director para acentuar su interpretación burlona y socarrona. También se empeñó en realizar personalmente muchas escenas peligrosas y disfrutaba especialmente provocando a Basil Rathbone, a quien no había perdonado que cobrara más que él en El capitán Blood. Wallis apostó además por rodar en Technicolor, todavía una tecnología cara y técnicamente complicada. El resultado fue espectacular gracias al trabajo de los directores de fotografía Tony Gaudio y Sol Polito y a los magníficos decorados de Carl Jules Weyl. La música corrió a cargo del compositor austríaco Erich Wolfgang Korngold, que había viajado a Estados Unidos para aceptar el encargo y al que aquella decisión terminó salvándole de la persecución nazi en Europa. Su extraordinaria partitura, épica, romántica y vibrante, se convirtió en uno de los grandes elementos de la película y obtuvo el Oscar, al igual que el montaje de Ralph Dawson.
El resultado fue Robin de los bosques, una película que combinaba aventura, humor y romanticismo con una extraordinaria espectacularidad visual. El público respondió de forma entusiasta: recaudó alrededor de cuatro millones de dólares, el doble de su elevado coste, y Errol Flynn quedó definitivamente consagrado como uno de los grandes héroes de aventuras de Hollywood. La emboscada en Sherwood, el torneo de arqueros y, sobre todo, el espectacular duelo final entre Robin y Sir Guy, convertido en una prodigiosa exhibición de sombras, movimiento y montaje, se encuentran entre las secuencias más memorables del cine de aventuras.
“ROBIN DE LOS BOSQUES”por Luis Campoy








