AQUEL MUCHACHO por Andrés Muñoz Saura

4 de noviembre de 2025 - redaccion Eco

Hospitalet de Llobregat, Barcelona
Mis primeros contactos con la Organización Juvenil Española (O.J.E.) se remontan al año 1963, cuando en las escuelas se ofrecían plazas gratuitas para campamentos de verano de quince días. Aquellos campamentos comenzaban en julio y terminaban a finales de agosto.
Las escuelas públicas sorteaban las plazas (normalmente entre 10 a quince críos, por escuela, elegias el turno de verano que querías asistir. Eso sí, una vez aceptado, debías pasar una revisión médica gratuita; si todo era correcto, te citaban para la vacunación y entonces quedabas admitido, definitivamente.
Mi primer campamento, fue en agosto de 1963, en la localidad de San Quirico de Safaja (Barcelona).
En aquel 1963, siendo apenas un niño de siete años, me enfrentaba a mi primer campamento, escolar y gratuito, un regalo del Estado a los escolares, abierto a todos, como una promesa de igualdad.
A mí me tocó por suerte, y aquella suerte me cambió la mirada.
Monté mi primera tienda de lona, dormí bajo las estrellas, comí de rancho y aprendí a compartir el pan, a cantar antes de dormir, a tender mi ropa. Descubrí que el mundo no cabía solo en mi barrio.
Como se puede imaginar, era la primera vez que salía de casa por tanto tiempo, aunque existía el “día visita ,de los padres y madres”, en el que podían acudir al campamento y compartir tienda con sus hijos.
Allí aprendí a lavar la ropa, fregar los platos, hacer el petate y mantener la tienda limpia como una patena, ya que se nos inspeccionaba y se nos puntuaba.
De aquel campamento me llevé un aprendizaje vital, que aún hoy sigo aplicando.
Me impresionó ver a unos seis chicos de unos doce años, uniformados con la camisa color tierra, su boina , frente a la entrada del campamento, alineados , controlando quien entraba y quien salia, subiendo la barrera si entrada algún vehiculo.
Al regresar, pedí a mis padres que me afiliaran a la O.J.E., y así comenzó mi etapa como miembro activo de la organización. Aunque el carnet oficial se entregaba a partir de los diez años, yo ya sentía que formaba parte de algo importante.
De ese campamento, le siguieron los de Santa Maria de Marles, Olvan ,Baga, todos ellos prepirineo catalán, Areny de Munt ( albergue, con un intercambio cultural con francias, hoy seria erasmus, ya se practicaba antes ) y campamento de playa en Alcocebre( Castellón de la plana)
Aquel niño
El sol de septiembre caía limpio sobre las calles empedradas, donde los niños aún jugaban a las canicas. Corría el año 1968.
Con el número 313681 de un carnet recién estrenado, latía la ilusión de un muchacho de doce años, Andrés Muñoz Saura, nacido el 8 de febrero de 1956, que ese día había recibido su hoja definitiva de ingreso en la Organización Juvenil Española.

Guardó aquel carnet en el bolsillo de su camisa con la solemnidad que solo tienen los gestos sencillos de los críos. En sus ojos se mezclaban el orgullo de pertenecer a algo grande y el misterio de no saber aún hasta dónde podía llegar la vida cuando uno creía en ella.
Las tardes de sábado en el Hogar Centro de la O.J.E. en Hospitalet de Llobregat olían a madera encerada, a papel nuevo, a ilusión.
Los mandos —nuestros monitores— llegaban con voz firme pero amable, y los chicos, entre bromas y risas, se alineaban en el patio antes de comenzar las actividades.
Yo, menudo pero despierto, destacaba por mi curiosidad, por esa forma de mirar las cosas como si todas tuvieran un secreto dentro.
En los ratos libres, mi pasión era el ping-pong. Con una pala gastada, me enfrentaba a mis compañeros del Hogar Centro. Las pelotas de celuloide latían sobre la mesa verde, y cada tanto, al ganar un punto, levantaba la vista y sonreía.
A veces no importaba tanto ganar como seguir jugando.
Las actividades se mezclaban entre lo cultural y lo deportivo y la montaña; leíamos fragmentos de historia, hacíamos dibujos, cantábamos canciones juveniles.
Recuerdo especialmente la excursión al Castillo de Bruguer en Gavà (Barcelona): los pinos, el polvo dorado, las mochilas cargadas de bocadillos y cantimploras. Subíamos en grupo, cantando, y al llegar arriba, el horizonte parecía no tener fin.
Allí comprendí, sin saberlo del todo, lo que significaba amar la tierra que te ve crecer.
De esa marcha con acampada ( hoy excursión), salió un chico que sigue activo pateando montes, que se formo en escalada, espeleología, travesía nieva de montaña, escalada en hielo, etc
El espíritu, transmitido
Pero mi espíritu de aventurero venía de más atrás, de aquel primer campamento.
En el Hogar, mi casa la de todos los integrantes de Oje, aquellas actividades solidarias: visitábamos desde enfermos en hospitales a centros de ancianos a los que les llevábamos libros (que íbamos pidiendo por las casas, a ver quien nos regalaba un libro) , obras de teatro que representábamos para entretenerlos, , las visitas a museos y sobre todo les ayudábamos en lo que podíamos, aplicando el
LEMA O.J.E. “ vale quien sirve” que encierra un profundo sentido moral, social y humano.
La valía personal se demuestra en el servicio, la ayuda y la entrega al prójimo y a la comunidad. El verdadero valor de una persona no se mide por lo que tiene, sino por lo que aporta a los demás.
Sentido educativo y formativo
Dentro de la O.J.E., el lema resume su ideal de formación juvenil:
 Educar en el espíritu de servicio, la solidaridad, la disciplina y la responsabilidad.
 Enseñar que el mérito no está en destacar o mandar, sino en servir con generosidad y eficacia a los demás, al grupo y a España.
 Promover una juventud activa, útil, noble y comprometida con su entorno.
Sentido moral y personal
El lema inspira una filosofía de vida basada en:
 La humildad activa: no buscar el reconocimiento, sino hacer el bien.

La entrega al deber y a la comunidad como fuente de realización personal.
 La superación personal a través del trabajo bien hecho y del ejemplo diario.
Un punto y aparte
Posteriormente, me trasladé al Hogar Santa Eulalia, también en Hospitalet de Llobregat, Barcelona , donde ya con quince años y con cargo de responsabilidad en el Hogar ( era el jefe ) empecé mi etapa de enseñar lo aprendido, organizar charlas, concursos de dibujo y campeonatos deportivos campamentos, actividades lúdicas, nada tenia un final, se soñaba y se buscaba la forma de hacer realidad ese sueño, con el esfuerzo de todos, a todo se puede llegar, todo esta al alcance, si uno pone el empeño en lograrlo
Aquel grupo no eramos solo una organización: eramos una familia con reglas y sueños.
Cada cual, según su edad, aportaba ideas para sacar adelante las actividades, aprendiendo de los mayores con respeto y entusiasmo.
Los valores
Los valores se enseñaban sin imposición, con el ejemplo:
 La lealtad.
 La disciplina.
 La alegría del deber cumplido, de hacer las cosas por uno mismo.
 El compañerismo, que era el alma de todo aquello.
Los aprendí, los apliqué y aún hoy los vivo.
Era de los que llegaba pronto, puntual como un reloj, clavado en la puerta a las cinco de la tarde de cada sábado, hasta las ocho de la noche, cuando terminábamos recogiendo el material usado.
El eco del tiempo
Los años pasaron, y con ellos vinieron otras responsabilidades y caminos.
Pero aquel niño de la camisa color tierra siguió guardando su carnet número 313681, ya amarillento por el tiempo, como si dentro de él viviera el eco de aquellas mañanas de sol, disciplina, juegos y canciones, amistad y esfuerzo.
A veces, cuando lo abre, vuelve a sentir el murmullo del viento entre los pinos del campamento del 63.
Vuelve a escuchar el rebote seco de la pelota de ping-pong en el Hogar Centro.
Vuelve a ver las caras de sus compañeros: alineados, jóvenes, sonrientes.
Y entonces entiende que, aunque el mundo haya cambiado, aquella vivencia no murió.
Sigue viva en su forma de mirar, en su manera de ser, en la virtud aprendida de niño.
Porque quien fue capaz de soñar a los doce años
nunca dejó de creer que el esfuerzo, la alegría y la hermandad podían hacer un mundo mejor.
Y como dice uno de los puntos de compromiso de cualquier afiliado aOJE,
“ el estudio y el trabajo, constituyen mi aportación personal a la empresa común “
«Vale Quien Sirve “