“Centauros del Desierto” por Luis Campoy
El reciente estreno de la película española “Sirat”, en la que un padre viajaba hasta los desiertos de Marruecos para buscar a su hija desaparecida, me ha hecho pensar (una vez más) en una de esas obras maestras del Séptimo Arte que justifican con creces el título de esta sección: “Centauros del desierto”. El arranque de aquella maravilla de John Ford no puede ser más memorable: una pantalla negra se llena de luz y, a través del marco de una puerta, se atisba el paisaje inconfundible del más famoso de los escenarios naturales del western: el Monument Valley; a continuación, la cámara sigue a una silueta femenina que sale al exterior, dispuesta a recibir a un solitario jinete que cabalga a su encuentro, cada vez más nítido en el horizonte. Quien se acerca es Ethan Edwards, veterano del derrotado ejército confederado, que, tres años después del final de la Guerra de Secesión, ha decidido por fin regresar a casa, o, mejor dicho, a la casa en la que viven su hermano Aaron, su cuñada Martha, sus sobrinos Lucy, Ben y Debbie y el joven Martin Pawley, un muchacho mestizo de hombre blanco y cherokee al que Aaron adoptó siendo niño. La estancia de Ethan entre los suyos va a ser muy, muy breve: una partida de indios comanches está diezmando a las ganaderías de la zona y se improvisa un grupo de ganaderos y colonos para salir a darles caza. Ethan insiste en partir en el lugar de su hermano, con el fin de que éste permanezca al lado de su familia, pero los expedicionarios no tardan en darse cuenta de que han caído en una trampa, ya que, mientras ellos salían en pos de quienes creían unos simples ladrones de ganado, una avanzadilla de comanches dirigida por el sanguinario jefe Cicatriz asesina a Aaron, Martha y Ben y secuestra a Lucy y a Debbie. Destrozados por el dolor, pero también sedientos de venganza, Ethan y Martin, inician la búsqueda de los pieles rojas, sólo para hallar, días después, los restos mortales de la desdichada Lucy. Ethan y Martin se juran a sí mismos no descansar jamás hasta encontrar a Debbie y a sus captores, pero Martin no acaba de estar seguro de si el motivo real que impulsa a Ethan es el cariño hacia su sobrina perdida o el deseo de matarla por haberse convertido en una comanche… El western, el género cinematográfico por excelencia, había entrado en crisis a mediados de la década de 1950, justo cuando la televisión se había propuesto conquistar los salones de los norteamericanos, y, en las salas de cine, otras tendencias como el peplum o películas “de romanos” empezaban a avasallar. Los films de vaqueros de temática simple basadas en los duelos entre el “bueno” y el “malo” (este último, como todos sabéis, montaba siempre el caballo más lento) ya no gozaban tanto del favor del público, y los grandes directores (Hawks, Walsh, Mann…) optaron por acogerse a una corriente más “psicológica” como la que había iniciado “Solo ante el peligro” (1952) de Fred Zinnemann. Incluso el maestro John Ford, que llevaba rodando westerns desde los lejanos tiempos del cine mudo, decidió que era conveniente dar un salto cualitativo en sus historias, por lo que se hizo con los derechos de “The Searchers” (“Los buscadores”, 1954), una afamada novela de Alan Le May, y le propuso a su viejo amigo Merian C. Cooper (sí, el creador del “King Kong” de 1933 y con el que había trabajado en hasta siete ocasiones previas) que volvieran a formar equipo. La película subsiguiente, “The Searches” (1956), a la que, por una vez, la distribuidora española dotó de un título mucho más hermoso y poético, “Centauros del desierto”, que venía a subrayar la condición casi mitológica de los buscadores que forman un todo con su caballo y no se arredran ni en las circunstancias más extremas, la protagonizaría, cómo no, el actor fetiche de Ford e icono viviente del western, el gran John Wayne, de 48 años. Le acompañarían el joven Jeffrey Hunter (29 años), que más adelante personificaría a Jesucristo en “Rey de Reyes”, y una jovencísima Natalie Wood, la futura Maria de “West Side Story”, quien tenía 17 años cuando interpretó a la sufrida Debbie. Las filmaciones de “Centauros del desierto” dieron comienzo en junio de 1955 en el bellísimo Monument Valley (situado al sur de Utah lindando con Arizona) y el estreno se produjo en Chicago el 16 de Mayo de 1956. Injustamente, la película no recibió ni una sola nominación a los Oscar, pero tanto John Ford como, sobre todo, John Wayne, consideraron a “Centauros del desierto” uno de sus mejores trabajos, por no decir el mejor. Se trata de una cinta maravillosa en la que la acción y la poesía van de la mano, entretenida pero psicológicamente compleja, hermosa como un cuadro, una obra maestra im-pres-cin-di-ble.
absolutamente todos intentamos, sin éxito, bailar como Danny y Sandy.




