CHINA Capitulo I por Juando
En una terraza mediana, bordeada por los clásicos setos de moderada altura -lo suficiente para delimitar con discreción la terracita, pero dejando amplia visibilidad para divisar los modernos e iluminados rascacielos de Shenzhen, en China- me encuentro esperando a Weidong.
Faltan unos 20 minutos para las 7 de la tarde y la noche ya empieza a caer a pesar de estar a mediados de agosto. Aquí las cosas van de otra manera, hasta el sol.
No quería llegar tarde a mi cita para cenar con Weidong. Él ya ha hecho un esfuerzo para cenar tan tarde. Aquí suelen cenar sobre las 6; pero se ha adaptado a mi apretada agenda de este sábado. Y mientras descanso la mente de las dos mil fábricas que he visitado hoy (entiéndase la exageración) contemplo con asombro y melancolía estos edificios de no sabría cuántos pisos de altura.
Tengo un amasijo de sentimientos encontrados: por un lado, la sensación de volver a casa y encontrarme con los hábitos de mis años de residencia en China y por el otro la lejanía de estar a un cuarto de vuelta terrestre de Lorca (o diez mil cuatrocientos kilómetros para que también me entiendan los que no creen en la esfericidad de la Tierra). Es el síndrome del forastero que se siente en casa cuando se halla en el extranjero. En fin, como decía el místico, quien lo probó lo sabe.
En ese contraste de sentimientos pienso, mientras llega Weidong, en lo mucho que ha cambiado China en estos últimos años y, lo que rara vez suelo pensar, también en lo mucho que ha cambiado España y Europa en general.
Hace treinta años llegabas a Shenzhen y la gente te miraba al pasar por la calle; a veces hasta se hacían corros a tu alrededor para contemplarte pues tal era su asombro de ver a un extranjero con rasgos étnicos occidentales; especialmente con los ojos tan abiertos y narices tan grandes.
A modo de curiosidad y para gozo de los narizotas, diré que la nariz grande se percibe en China como un elemento de atracción y belleza. Aquel señor que andaba pegado a una nariz si hubiera venido a China habría triunfado con total seguridad en lugar de ser objeto de burlas artísticas en nuestro país.
Pero no me quiero distraer con estas banalidades. Estas no son las diferencias que me preocupan. Weidong no ha llegado aún y todavía me queda tiempo para anotar algunas reflexiones en mi cuaderno.
Hace treinta años llegábamos a China los europeos y nos sentíamos los amos del mundo; pero es que lo éramos. Además de los corros en la calle para vernos los ojos y las narices, también éramos recibidos con todo tipo de honores en las empresas y fábricas. Éramos los que sabíamos, los que teníamos la experiencia y el know-how y los que decidíamos. Ellos nos admiraban con agradecimientos y generosos salarios al tiempo que tomaban nota de lo mucho que sabíamos y, sobre todo, de lo que no.
Ellos, no sólo aprendían tímidamente, sino que también buscaban cómo mejorar nuestras ineficiencias. También las teníamos. Pero nuestra embriaguez de éxito no nos dejaba percatarnos en aquellos tiempos de muchos de nuestros errores. Ellos sí. Nos mandaban buscar en lujosos coches al aeropuerto y nos alojaban en hoteles de prestigio mientras ellos iban en bicicleta a la oficina; el coche era sólo para los grandes jefes.
En la ciudad todos los taxis eran Volkswagen Santana, algunos en muy mal estado. Para hacerse una idea, un día de lluvia me tocó un taxi con goteras. Pero hoy, mirando entre los setos de la terraza no veo ni un solo Santana de los de antaño. Ya no son aquellos coches destartalados que alborotaban las calles con su claxon.
Es increíble cómo ha cambiado China. Aquellas bicicletas de hace treinta años se han convertido en modernos coches de fabricación local.
Estoy entre dos grandes avenidas de tres o cuatro carriles y casi no se oye el ruido de la circulación. Aquellos ruidosos coches de origen europeo han dado paso a coches futuristas y silenciosos de fabricación china alimentados por electricidad. Se ve el tráfico, pero no se oye apenas: el motor de explosión está siendo reemplazado por el eléctrico.
Hoy mismo, el director de una fábrica me ha traído hasta el hotel en su coche; fabricación y diseño chinos; ni he podido memorizar la marca de lo chino que era: pero muy cómodo, elegante y tecnológico. En un momento dado, ha puesto el piloto automático en plena autopista: el vehículo regulaba la velocidad según los límites, adelantaba, frenaba… en fin, todo. Realmente asombroso. Le he dicho que en Europa no está permitido por el riesgo que tiene el software de fallar y ocasionar accidentes. Me ha respondido si los conductores europeos no ocasionamos accidentes y si sabía cuál es la probabilidad de que un humano ocasione un accidente frente a la del software. Me he tenido que callar. Esto no es lo que era. Mientras iban en bicicleta hace treinta años quizá iban anotando las estadísticas de los accidentes ocasionados por humanos.
Esta gente ha progresado mientras nosotros estamos aún dormidos en los gloriosos laureles de las últimas dos décadas.
Me pregunto si algún político español, o europeo, se habrá hecho la pregunta de mi proveedor en lugar de estar pendientes de los trapos sucios de los otros.
Se habla de aranceles a los coches chinos para proteger nuestra industria. Me parece magnífico y, yo diría, que es obligatorio que protejamos nuestra industria automovilística.
Pero, ¿no habría que dedicarse a investigar y crear nuevas tecnologías para competir con los chinos en lugar de frenar su progreso con aranceles?





