De las Puertas del Desierto a la Danza de las Dunas:Rumbo a Merzouga

4 de noviembre de 2025 - redaccion Eco

Tras un desayuno contundente en el Camping Jurassique, sabíamos que estábamos ya en las mismísimas puertas del desierto. A excepción de la vegetación que se aferraba a los márgenes del río, el paisaje era seco y pedregoso. Sin embargo, para los niños, la palabra «desierto» solo evoca un mar de dunas, y la impaciencia por llegar era palpable.
Volvimos a cargar nuestro fatigado Jeep y continuamos el camino hacia Merzouga, un destino que se encontraba a unas cuatro horas y 165 kilómetros al sur.
El paisaje había mutado radicalmente. Atrás quedaron las grandes ciudades, los bosques y el barro. Ahora solo había tierra, adobe, poblados a lo lejos de la carretera y algunas ruinas centenarias que nos salían al paso.
En un desvío, cerca de uno de tantos pueblos, nos detuvimos junto a una Kasbah de adobe en ruinas. Sus muros nos brindaron una sombra que agradecimos, y nos sentamos en un pequeño huerto adyacente para reponer fuerzas. Sacamos nuestras provisiones: pan de Fez y latas de paté, que nos supieron a gloria.
Al poco de descansar, la curiosidad de la gente del pueblo cercano nos hizo emprender la marcha prudentemente.
Mi idea era dormir esa noche en una haima en el desierto, aunque aún no teníamos un lugar fijo. Google nos ayudó a localizar algunos campamentos cerca de las dunas de Merzouga. Antes, decidimos parar en Erfoud para buscar un banco donde cambiar nuestros Euros a Dirhams, pues temíamos que la moneda se complicara más al adentrarnos al sur.
La Odisea del Cambio y
un Guía Inesperado
Localizamos un banco en la calle principal. Dejé a la familia en el coche y entré. Tuve que coger número, y mi sorpresa fue mayúscula al ver a casi cuarenta personas delante de mí. Estuve allí plantado cerca de media hora, sintiéndome intranquilo por la familia que esperaba y el tiempo que estaba tardando.
Sin miedo a perder mi turno, salí del banco para avisarles de la situación. Mi mujer había estado lidiando con la gente de la calle, que se acercaba curiosa a observar nuestra «montura». Uno de ellos, afirmando ser guía oficial y hablando español por haber vivido en Valencia, se ofreció a llevarme a un cajero automático.
Sopesé la situación: ¿un desconocido llevándome a tres calles para sacar dinero? ¡Qué peligro! O seguir esperando en el banco atestado de gente… Me decidí por el «peligro». El tipo parecía simpático, me enseñó su tarjeta de guía oficial y le di mi confianza.
Me acompañó al cajero, se apalancó a mi lado, me puso la pantalla en español y me ayudó a sacar el dinero. Después, me escoltó de vuelta al coche. Yo esperaba tener que reaccionar violentamente o, al menos, estar atento a cualquier movimiento sospechoso, mientras intentaba ser amable. Una situación, como poco, incómoda.
Una vez más, nos encontramos con otra buena persona que nos sacó del apuro. Como propina, nos dio la tarjeta de un hotel de cuatro estrellas, recomendándonos mencionar su nombre.
El Mar de Dunas y el Yasmina
Con el tema del dinero resuelto y sin percances, continuamos el viaje hacia Merzouga con el hotel Yasmina en mente. Habiendo superado el miedo anterior, pensamos: ¿por qué no hacerle caso? No conocíamos otro lugar, y parecía estar justo al lado de las dunas, cerca de otros campamentos.
Enfocamos el Jeep rumbo al sur. Eran las tres de la tarde y queríamos llegar con tiempo para explorar.
Al llegar al cruce que nos llevaría al Yasmina, el asfalto desapareció. A partir de aquí, todo era tierra, un elemento que a nuestro Jeep le sienta de maravilla; cuanto peor es el camino, mejor se comporta. Era una pista de unos 200 metros de ancho donde el camino principal era indistinguible.
Nada más abordarla, un Toyota blanco se dirigió hacia nosotros, interceptándonos. Otro guía, desde la ventanilla, se ofreció a llevarnos a las dunas. Nosotros queríamos llegar primero al hotel, asegurar la noche, y ya luego decidiríamos.
Llegamos al Yasmina. El lugar se erigía imponente, precioso y enorme, una construcción tipo Kasbah. La entrada principal del hotel estaba inundada por un lago que impedía el paso, por lo que tuvimos que usar una entrada lateral. Resulta que, dependiendo de las lluvias, se forman lagos que pueden tardar décadas en volver a aparecer, y ese año había llovido mucho.
Entramos al hotel.El lugar era precioso, aunque con el precio en mente, casi preferíamos una haima. Preguntamos, y el precio por noche que nos dieron, con cena y desayuno incluidos, fue simplemente irrechazable. Allí plantamos nuestro campamento. ¡Y adivinad! La puerta trasera del Yasmina daba directamente a un mar de dunas. El lugar era, sencillamente, mágico e impresionante.
Deseando verlas y tocarlas, llamamos al hombre del Toyota, que en menos de quince minutos estaba listo en la puerta para hacernos una ruta de unos 50 kilómetros por las dunas esa misma tarde.
Avanzamos bordeando las dunas hasta una zona de arena más compacta donde nos detuvimos. Allí, bajamos la presión de los neumáticos del Jeep para poder atravesar el corazón de las dunas de Merzouga. Como si estuviéramos en una montaña rusa, el Toyota nos hizo de guía, y pisábamos exactamente por donde él pisaba. Nos deslizamos con el Jeep, haciendo paradas en un oasis con plantas. Allí nos explicó que escarbando un poco brotaba agua que bebían los animales del desierto.
El viento arreciaba, y la arena se clavaba como pequeños puñales. Enseguida comprendimos la necesidad de los atuendos típicos del desierto. El Jeep se atascó en algunas cumbres, obligándonos a retroceder y a usar el motor al 100%. Pisar a fondo hacía imposible pasar de los 40 km/h; toda la potencia del motor de 4 litros era absorbida por las dunas. Es en momentos así donde se comprueba el verdadero motor del coche, y el Jeep cumplió su cometido.
El Té de la Hospitalidad y el Amanecer
Tras atravesar el mar de dunas, el guía nos condujo a una haima para tomar el té. Eran pastores que nos mostraron su forma de vida. Mi hijo pequeño jugó con los niños del lugar, quienes sacaron sus viejos y rotos juguetes. No obstante, se lo pasaron en grande. Mi hijo, conmovido, me hizo descolgar unos pequeños juguetes que llevaba colgados del espejo central para dárselos a los niños que allí vivían.
Nos despedimos de tan encantadora familia, dándoles la propina que el guía nos había pedido. Tuvimos una conversación muy enriquecedora con nuestro guía. Nos contó que un día él vivió como esos niños, y que le costó mucho convencer a su padre para dejar esa vida y dedicarse al turismo. Ahora tiene su propio Toyota y es próspero gracias al turismo.
Nos subimos a nuestros coches y salimos de las dunas. Yo esperaba tener que parar para inflar las ruedas con el compresor que llevaba. Pero, nada más salir, una gasolinera con un compresor digital y gratuito nos esperaba para repostar y llenar el aire de las ruedas. El Jeep se había «chupado» casi medio depósito de gasolina en solo 50 km. Una pasada, el nivel de exigencia para los motores era altísimo.
Nos despedimos de nuestro buen guía, quien nos devolvió a la seguridad del hotel. Cenamos de forma espectacular, paseamos por las terrazas, accedimos a un campamento de haimas para ver espectáculos musicales y contratamos un paseo en camello al amanecer por el desierto para los niños. Al día siguiente, no me perdería el amanecer en el desierto