De Lorca a Marruecos:Rumbo al Desierto CAPITULO III por Alfonso Rodríguez
Cuando los Planes se Desmoronan
Tras dejar atrás el azul inconfundible de Chefchaouen, sentíamos que comenzaba la verdadera aventura. Hasta ahora, el viaje había transcurrido por buenas carreteras y con pocos kilómetros. Nuestro destino final era el desierto, esa imagen hipnótica, romántica y a la vez tenebrosa que domina el imaginario colectivo sobre Marruecos. Sin embargo, el país nos tenía reservada una primera sorpresa: un paisaje increíblemente verde, con llanuras inmensas de cultivos que llegaban hasta el mismo borde de la carretera. El árido Marruecos que esperábamos aún aguardaba, a muchos kilómetros y al otro lado del imponente Alto Atlas.
Una Montura a Prueba
Nuestra fiel montura, un Jeep con más de 20 años y muchas aventuras a sus espaldas, afrontaba su segunda incursión en tierras marroquíes. La experiencia de un viaje anterior me había enseñado la importancia de una buena preparación; aquí es donde realmente descubres si tienes un coche a la altura. Por ello, hace tiempo que protegí todos los bajos y monté neumáticos MT de uso extremo, que ya me habían demostrado resistir pellizcos y piedras afiladas sin inmutarse.
Pero había una variable nueva: si en el primer viaje éramos dos, ahora éramos cuatro a bordo. Con los mismos muelles, la carga era mucho mayor. Pronto descubrimos que el sobrepeso sería el gran desafío de esta travesía. En cada badén, en cada bache, la suspensión llegaba a su tope con un golpe seco. Los muelles habían dicho ¡basta!, pero no teníamos más opción que resistir y continuar así todo el viaje.
Avanzar era un ejercicio de paciencia. Aunque las carreteras estaban asfaltadas, su anchura era a menudo insuficiente, poco más que el ancho de nuestro vehículo. Cada vez que nos cruzábamos con otro coche, el ritual era el mismo: bajar una rueda al arcén de tierra y volver a remontar el escalón de asfalto. Con límites de velocidad que oscilaban entre 40 y 60 km/h, y omnipresentes controles de policía y radares, devorar kilómetros se convertía en una tarea lenta y dificultosa.
Perdidos en el Marruecos Profundo
La tarde caía y la necesidad de encontrar un lugar donde dormir se hacía urgente. Optamos por un Airbnb en una aldea cercana a nuestro próximo destino: Volubilis. Introdujimos la ubicación en el GPS y nos desviamos de la carretera principal. Un camino asfaltado, aún más estrecho, dio paso a una pista de tierra. Al llegar a la aldea, el GPS nos guio hasta el último grupo de casas y sentenció: «Ha llegado a su destino».
Pero allí no había nada, solo unos niños jugando en el polvo del atardecer. Les preguntamos, pero no sabían nada. Llamaron a sus padres, y uno de ellos, amablemente, nos acompañó puerta por puerta. Nadie conocía ningún alojamiento. El sol se ocultaba, y la sensación de desamparo era total. Habíamos sido engañados, varados en medio de la nada, en el corazón del Marruecos profundo.
Un Salvador Inesperado en
la Ciudad Santa
Había que tomar una decisión rápida; lo último que queríamos era pasar la noche en el coche. Pusimos rumbo a la ciudad más grande y cercana: Moulay Idriss.
Llegamos pasadas las siete de la tarde, 160 kilómetros y casi cuatro horas después. El sol desaparecía en el horizonte y las calles bullían de vida. Era Ramadán, y la gente salía a la calle tras la ruptura del ayuno a las 18:40. Nuestro Jeep negro, con una pareja y dos niños a bordo, era el centro de todas las miradas. Nos sentimos como en una escena de un western, rodeados de gente, burros y policías; era imposible disimular que éramos forasteros.
Avanzando a duras penas entre el bullicio, logré aparcar. De la nada, apareció nuestro salvador: Hassan. Aunque en ese momento, mi desconfianza inicial me impedía verlo así. Su insistencia en guiarnos hacia un hotel en el interior de la medina, ya de noche y con escasa luz, despertó nuestro miedo a ser atracados. Me negué a seguirlo ciegamente y, finalmente, acepté acompañarlo hasta una kasbah familiar en una calle algo más accesible, a solo unos metros de la plaza principal.
Mientras la familia esperaba en el coche, confirmé el alojamiento. La familia que regentaba la kasbah nos brindó un trato espectacular. Hassan no solo nos encontró un techo, sino que negoció un precio justo para el alojamiento, la cena y el desayuno, asegurándose de paso unos clientes para su servicio de guía al día siguiente. Superado el miedo inicial, comprendimos que para explorar Moulay Idriss, una ciudad de callejones que a veces no superan el metro de anchura, necesitaríamos su compañía.
Esa noche, disfrutamos de un reconfortante tajine para los cuatro. Descubrimos que comer al mediodía durante el Ramadán sería misión imposible, por lo que nuestra estrategia fue clara: desayunos fuertes y cenas abundantes. Un paseo por el mercado nocturno nos permitió comprar deliciosos dulces típicos que engrosarían nuestras provisiones.
A la mañana siguiente, un puntual Hassan nos esperaba en la puerta para descubrirnos los rincones más bonitos de Moulay Idriss. Más tarde, nos acercamos a las imponentes ruinas romanas de Volubilis. Sin embargo, el elevado precio de la entrada, cerca de 30 euros por persona, nos hizo optar por un paseo por su perímetro, tras dar la «propina» obligatoria al aparcacoches del complejo.
La aventura continuaba: El Alto Atlas y el Marruecos árido nos esperaban.

























