De Lorca a Marruecos CAPITULO IV por Alfonso Rodríguez.
RUMBO A FEZ
Inmediatamente después de nuestra fallida visita a Volubilis, donde cobraban 2 euros a los locales y 30 a los extranjeros, nos subimos al coche y continuamos viaje hacia el sur. No podía faltar una parada en Fez, una de las ciudades imperiales, que en su día fue capital.
Fez es una de las cuatro ciudades imperiales, junto con Marrakech, Mequínez y Rabat. En Marruecos, está considerada como el centro religioso y cultural del país. Su universidad, famosa por el estudio del árabe y la religión musulmana, la convierte en un punto de paso para un gran número de estudiantes marroquíes.
El camino a Fez fue rápido, o al menos lo más rápido que se puede ir en Marruecos. Para hacer 90 km, tardamos unas tres horas, parando a comer a mitad de camino. ¡Cuidado! En estos tramos, la carretera… bueno, aunque tenía pinta de ser una vía rápida de cuatro carriles y todavía están desdoblando la antigua nacional, hay muchos tramos buenos y otros no tanto. En los buenos, hay que tener cuidado. Incluso poniendo el intermitente y frenando con tiempo, tuvimos un encontronazo:
Queríamos salir por un camino a nuestra derecha y, sin saber de dónde había salido, un Dacia Sandero se llevó la señal de curva peligrosa, nos esquivó por la derecha y nos llegó a dar en la puerta del acompañante. Pero gracias a que la señal anterior ya se la había llevado por delante, solo nos «acarició» la puerta, dejándonos apenas una marca. A él, sin embargo, el pilar A del coche y el espejo retrovisor le quedaron hechos una pifia. Nosotros ofrecimos nuestra ayuda, y enseguida se armó un revuelo. Empezaron a decir, todo en francés, que quién les pagaba eso… Nos disculpamos y les hicimos ver que llevábamos el intermitente puesto y que las luces de freno funcionaban. Fue un susto tremendo. Salimos del lugar y nos alejamos de la ruta principal, con el susto en el cuerpo y pensando que decidirían venir detrás nuestro.
Si queréis saber lo que es estar estresado, haced el ejercicio de conducir en una capital de África. Conforme nos acercábamos a la ciudad, los coches iban aumentando hasta el punto de que no sabíamos si íbamos a caber en la calzada. No había muchas líneas pintadas y los carriles eran tantos como coches cupieran a lo ancho. No sabíamos si parar en los semáforos, porque si lo hacías te pitaban, y si continuabas, había guardias… uff.
Buscamos directamente un aparcamiento público para refugiarnos y dejar el Jeep a buen recaudo, ya que iba cargado hasta las trancas. El resto de la visita a Fez y la búsqueda del alojamiento la hicimos a pie. Aparcamos fuera de la medina y nos adentramos en ella para buscar un lugar donde dormir e intentar ver el interior de la antigua medina, un lugar asombroso: una explosión de ruidos, colores, gente y mercancías.
Encontramos unos lugares bonitos: una cafetería preciosa donde merendamos unos cócteles y unos crepes fabulosos, y cenamos en una azotea con vistas a la ciudad, comida típica. Además, era un lugar que en el pasado debió ser un sitio muy caro y lujoso, como si hubiera sido un casino. Tenía mármol y mosaicos muy bonitos que en otra época brillaron.
















































