DEL INFIERNO AL HIELO: EL RETORNO DEL GUERREROO cómo pasar de los 35 grados del desiertoa la nieve de Baza sin perder la cordura
Amanecía en el desierto. Salimos Antonio, Miguel y un servidor hacia la puerta trasera del hotel, que daba directamente a las dunas, como quien tiene el mar en la terraza pero cambiando el agua por toneladas de arena milenaria. Aún era noche cerrada, pero los rayos de sol amenazaban con romper la oscuridad en cualquier momento. A mis hijos no les costó ningún trabajo despertarse; la promesa de la aventura es mejor que cualquier despertador.
El paseo en camello era el último trámite, la guinda del pastel. Yo me quedé allí, con los pies en la arena, viéndolos adentrarse en la inmensidad hasta que los perdí de vista, disfrutando de ese amanecer que tiene algo de místico y de «se acabó lo que se daba». A su regreso, ya a una hora más decente, volvimos a la habitación a recoger a Mapi.
Y entonces llegó el momento estratégico del día el buffet. A sabiendas de que comer al mediodía iba a ser misión imposible por el Ramadán, había que ponerse las botas. Comimos como si no hubiera un mañana.
Nos despedimos del mágico desierto y cargamos nuestro viejo y sucio trasto, nuestra fiel montura que, aunque cargada hasta los topes, no se quejaba. Volvimos sobre nuestras huellas e hicimos parada obligatoria en el Jurassique Camping. Era mediodía y, oiga, habría sido de mala educación no parar a saludar.
Sacamos los mapas —sí, mapas de papel, que la tecnología falla pero el papel aguanta— porque queríamos volver por una ruta alternativa, exprimiendo el viaje hasta el último minuto. Las carreteras eran las que eran (o lo que quedaba de ellas) y nos empujaban hacia Fez, pero logramos esquivarla para acabar, ya de noche, en Ifrane.
Ifrane, o la locura climatológica
Apodada «la Suiza de Marruecos», y no es un eufemismo. Imaginen ustedes la escena: en un solo día pasamos de estar a más de 35 grados en las dunas a encontrarnos en la ciudad más alta de Marruecos, una estación de esquí a 0 grados. Todo en la misma jornada. Nos llamó la atención esa arquitectura de tejados puntiagudos y casas de piedra, más propia del norte de Europa que de África. De hecho, ni sabíamos que eso estaba allí. Alquilamos un apartamento que quizás fue moderno en los años 80, y dormimos con la calefacción a todo trapo.
Aquí he de hacer un inciso triste: Antonio se dejó su peluche en aquel hotel. Algo que sintió mucho y que aún recuerda con pena. Desde estas líneas esperamos que ese peluche haya pasado a manos de otro niño y tenga una segunda vida. Cosas que pasan en los viajes.
La carrera hacia el norte Al día siguiente, madrugón y carretera. Ocho horas de camino hacia el norte. Habíamos decidido dormir en España, costara lo que costara. Y la verdad es que, tras una semana fuera, se aprecia ver nuestra España.
La llegada a la frontera fue el contraste definitivo. En el lado marroquí, caras largas, burocracia lenta y vueltas al coche. Un suplicio. Pero al cruzar y ver a la Guardia Civil… ah, amigos. Creo que el agente notó nuestra alegría. Con un acento andaluz que nos supo a gloria, nos dio la bienvenida muy educadamente, siendo simpático con los niños. A partir de ahí, todo fue rodado. Pasamos como un tiro y acabamos en un ferry que parecía un barco fantasma, viajando prácticamente solos hacia Algeciras, donde dormimos en un buen hotel.
Nieve en Baza: el último desafío
El resto, ya en territorio nacional, parecía fácil: autovía y manta hasta Lorca. Pero el destino nos guardaba una última sorpresa. A la altura de Baza, nos cayó una nevada de «muy señor mío». Por miedo a quedarnos tirados, llené el depósito hasta arriba —lección de veterano— y continuamos a muy baja velocidad.
Se formó una caravana y nadie se atrevía a adelantar. Todos, obedientes, iban detrás de mi Jeep, que abría camino por la nieve virgen como un rompehielos en el asfalto. Al fin, descendimos el puerto, la nieve fue a menos y, poco a poco, Lorca se acercaba.
El coche se había portado magníficamente. La familia había disfrutado. Y nosotros, agotados pero felices, habíamos comprobado una gran verdad: hay otros mundos, pero todos están en este.
Hasta el próximo viaje.


































