Diario de ruta:Crónicas desde Zagreb por Alfonso José Rodríguez

1 de mayo de 2026 - redaccion Eco

Son las 8 de la mañana en el Lunk Fuck Hostel. Por una confusión en la plataforma de reservas, nos adjudicaron dos habitaciones: una para tres personas y otra para uno, cuando el establecimiento disponía de habitaciones cuádruples. Cosas que tiene reservar con terceros a miles de kilómetros de distancia. El hostel, todo sea dicho, no destaca por su modernidad. Mapi, Antonio y yo nos instalamos en la planta alta, mientras que a Miguel lo dejamos solo abajo. Al salir, nos encontramos con un hombre en un puff en el suelo, siendo abroncado en croata por una señora; resultó ser un espontáneo que se había colado y pasado la noche en el pasillo. Cosas que pasan. Por suerte, la chica de la recepción era uruguaya y el chico argentino, así que, al menos, la comunicación fue fluida. ¡Menos mal, porque en croata, a esas horas, uno no entiende ni los buenos días!

La búsqueda del desayuno y la multa
Nos despedimos y salimos a «cazar» el desayuno. Parecía fácil: primer bar a la derecha. Entramos los cuatro y lo primero que nos golpeó fue el olor a tabaco. Sí, en este país se puede fumar en el interior, algo que en España parece haber quedado en el siglo pasado. Lo segundo que descubrimos es que, aquí, en los bares no sirven desayunos; sirven cafés y copas. Son cafeteros empedernidos, algo en lo que sí se parecen a nosotros, pero de comer, nada de nada.
Desilusionados, acabamos en un supermercado Spar, justo donde habíamos aparcado el coche la noche anterior. Mientras intentábamos llenar la panza a base de galletas y aprovisionarnos de agua y refrescos (a precios, por cierto, bastante elevados: un euro y medio la Coca-Cola), Mapi se quedó en la puerta. Al salir, la encontré hablando por señas con un señor. Tenía en la mano una receta, y no era médica: era una multa de aparcamiento.
La noche anterior miré por todas partes y no vi parquímetros, solo una señal sospechosa. Como turista, es un calvario descifrar las normas de aparcamiento y las zonas de bajas emisiones de cada ciudad que pisas; esto, sinceramente, es un caos que Europa debería revisar. En Zagreb, la multa no funciona como en casa: te dejan el importe que deberías haber pagado. En este caso, 8 euros por todo el fin de semana. Investigando, descubrimos que todo se gestiona mediante una aplicación: descargas, metes la tarjeta y la matrícula, y listo. Sin papeles en el parabrisas. Te dan la oportunidad de enmendar el error, aunque el susto inicial no te lo quita nadie.
Lecciones de civismo sobre raíles
Superada la aventura, tocaba enfrentarse al tranvía. Tras treinta minutos descifrando el plano con nombres impronunciables, vimos claro que la línea 12 era nuestra aliada. El sistema es impecable: una aplicación te cobra 0,50 céntimos por 30 minutos de trayecto. En ese tiempo puedes hacer transbordo a todos los tranvías que quieras. Sin revisores, sin tornos, solo un código QR en la entrada.
Lo que vimos nos dejó mudos: educación y comportamiento ejemplar en todas partes. Ni un papel en el suelo, ni una acera rota, ni un bache. Tranvías con 40 años de servicio perfectamente mantenidos, conviviendo con otros modernos en perfecta armonía con el tráfico rodado.
Al llegar al centro, el mercado de Dolac impresiona. Sombrillas rojas organizadas por sectores: flores, fruta, recuerdos… todo funcionando desde 1930. Orden y limpieza. Paseamos por las callejuelas, visitamos la catedral (en obras, pero curiosamente señalizadas, protegidas y con los materiales de construcción detrás de vallas nuevas —nótese la ironía, amigos—), y nos maravillamos ante la iglesia de San Marcos con su tejado colorido del siglo XIX.
El balance final
Comimos en una calle peatonal con mucho encanto. Eso sí, los precios nos hicieron recordar que no todo es jauja: cuatro cafés, 20 euros. Comer un plato único con bebida (sin menú, ensalada ni postre), entre 60 y 80 euros para los cuatro. La cerveza, entre 4 y 8 euros. Pensé que era el «impuesto al turista» por estar en la capital, pero no, los precios nos acompañaron por todo el país.
De vuelta a por el Ford, Mapi admiraba la honestidad de los croatas, convencida de que nadie se colaba en el tranvía. Misterio resuelto: de repente, subió un inspector. Muy amable, nos pidió ver el móvil para comprobar el pago en la aplicación y, en la siguiente parada, se bajó. Todo el mundo había pagado su ticket de 50 céntimos. No vi ni rastro de picaresca.
Con el coche cargado, pusimos rumbo a Virovitica, cerca del río Drava. 156 kilómetros y dos horas y media de carretera nos esperaban hacia el interior, hacia la llanura de cultivos que limita con Serbia y Hungría. Allí, lejos de las capitales turísticas de la costa, descubriríamos una realidad del país que no sale en los folletos de viajes. Pero eso, queridos lectores, es otra historia.