LORCA PENTAMILENARIA por Rosario Segura
Lorca presume, con razón, de ser la Ciudad del Sol. Pero ese sol no debería deslumbrarnos hasta el punto de olvidar lo que ilumina. Hablo de una historia continuada de milenios, una superposición de culturas que no es un eslogan turístico, sino un hecho documentable y, por tanto, gestionable.
La arqueología no es un lujo para tiempos de bonanza; es una infraestructura de conocimiento que condiciona cómo entendemos el presente y cómo planificamos el futuro.
Basta mirar lo que está apareciendo bajo nuestros pies, como por ejemplo en el solar de la calle Leonés, que las excavaciones han permitido registrar una secuencia de ocupación de alrededor de cinco mil años. Se trata de estructuras prehistóricas del Calcolítico (III milenio a. C.), hasta restos romanos y una maqbara islámica que certifica, en un mismo espacio urbano, la continuidad del poblamiento y el relevo de sociedades.
Esa estratigrafía no es “pasado” a secas hablo de un archivo de decisiones humanas en las que se tiene en cuenta dónde se habita, cómo se produce, cómo se entierra, qué se conserva, etc que ayuda a interpretar por qué la Lorca actual es como es.
Por eso, cuando hablamos de invertir en arqueología hablamos de diseñar ciudad. La arqueología urbana bien financiada reduce incertidumbre en obras, mejora la protección patrimonial con criterios técnicos y convierte hallazgos en valor público: educación, turismo cultural sostenible, identidad compartida y cohesión social.
Lo contrario nos deja con un patrimonio “descubierto” pero no aprovechado, y con una ciudadanía que intuye su grandeza sin poder comprenderla.
La reciente incorporación de Andrés Martínez Rodríguez como cronista oficial (junto a Manuel Muñoz Clares) refuerza esta idea. La memoria no se gestiona con gestos puntuales, sino con trabajo cotidiano, rigor y divulgación accesible, también en formatos digitales para llegar a los jóvenes.
En su discurso late una reivindicación especialmente oportuna, de tal manera que resalta la protección no solo de lo material, sino del patrimonio inmaterial, como tradiciones, topónimos, formas de hablar, prácticas comunitarias, aquello que, si no se registra a tiempo, desaparece sin dejar estrato.
Si Lorca quiere honrar de verdad sus más de cinco mil años de continuidad, necesita una política estable, donde haya más recursos para investigación y conservación, planes de excavación preventiva, musealización cuando proceda, archivos abiertos y una estrategia de divulgación que convierta cada hallazgo en conocimiento compartido.
Porque conocer la historia no es nostalgia; es capacidad de interpretar el presente con profundidad y, desde ahí, programar un futuro mejor.


