Manuel Segura Clemente:el artista entre la luz y la sombra por Rosario Segura
En Lorca, donde el arte se entrelaza con la fe y la memoria, donde cada piedra susurra historias y cada fiesta popular está bordada con siglos de tradición, hay nombres que, por razones difíciles de explicar, han quedado en un segundo plano de la memoria colectiva. Uno de esos nombres, que debería estar escrito con letras doradas en el imaginario cultural de la ciudad, es el de Manuel Segura Clemente (1926-1987): pintor, escultor, diseñador, profesor y, sobre todo, un creador íntegro que vivió el arte no como una ambición, sino como una forma de ser.
La vinculación de Segura Clemente con la historia de Lorca es íntima, discreta y, al mismo tiempo, profundamente simbólica. Su legado más visible -y aún no lo suficientemente reconocido- es el diseño del manto y del estandarte de la coronación canónica de Nuestra Señora la Virgen de las Huertas, patrona de la ciudad. Tenía apenas 18 años cuando realizó esos dibujos que, años después, se convertirían en bordados sagrados en manos del taller de doña Ángela Morales.
Este hallazgo no fue conocido hasta tiempos recientes, cuando su hija Fuensanta Segura, gracias a la publicación de un artículo de Manuel Muñoz Clares, encontró en una revista de 1944 la confirmación de lo que, hasta entonces, era apenas una anécdota familiar. “Fue una emoción tremenda descubrir que nuestro padre fue el autor del diseño”, recuerda Fuensanta. “Lo hizo siendo un muchacho, pero con un talento y una sensibilidad que ya hablaban de un artista completo”.
El hecho de que Segura Clemente nunca presumiera de ello, que ni siquiera lo comentara con sus hijos, es una muestra de su modestia. Y también, quizás, del desinterés de las instituciones por registrar y visibilizar a fondo el trabajo de quienes, como él, no buscaban vitrinas sino profundidad.
Formado primero en Murcia y luego en Madrid, Segura Clemente estudió con maestros como Carrión Valverde y asistió a clases en la Real Sociedad Económica de Amigos del País. Su trayectoria académica y artística fue nutrida, rigurosa y apasionada. Era un pintor de vocación absoluta, un artista para quien el mundo solo cobraba sentido a través de la pintura.
Tenía una frase en la que ponía de relieve que poco le importaba las opiniones de los demás acerca de arte, y no gastaba el tiempo en el parecer de los que hablaban de su obra; “Todo lo que no sea pintar me resbala”, solía decir con rotundidad. Lo suyo no era la ostentación ni el mercado del arte. Era el compromiso con la belleza, con la forma, con el color. Su obra abarca paisajes de tonos ocres y rojizos, retratos intensos, estudios de figura, escenas íntimas y diseños decorativos. Trabajó también en escultura -talla en madera y modelado- y en diseño de tapices. Incluso participó en la elaboración de la imagen del Sagrado Corazón que preside la iglesia de Santo Domingo de Murcia.
Uno de los ejemplos más notables de su dominio del retrato es el que realizó a su amigo, el cronista y poeta Eliodoro Puche, conservado hoy en el Ayuntamiento de Lorca. La pintura no solo refleja un parecido físico exquisito, sino también una conexión espiritual entre dos creadores que compartían afecto y sensibilidad.
Además de pintor, Segura Clemente fue un docente entregado. Enseñó dibujo con la misma pasión con la que lo practicaba. Para sus alumnos, era más que un maestro: era un guía silencioso que inculcaba el respeto por el oficio, el amor por el detalle, el valor del esfuerzo y la honestidad estética.
La enseñanza no fue para él una vía secundaria, sino una extensión natural de su creación. Las aulas y los talleres fueron espacios donde compartió su mirada sin dogmatismos, donde transmitió sin imponer. Como cuenta su hija Fuensanta, “era un profesor muy profesional, pero también un padre muy presente. Nunca separó su faceta artística de su faceta familiar. Todo en él estaba entrelazado”.
Pese a su aportación artística, Segura Clemente sigue siendo una figura escasamente reconocida por la ciudad que lo vio nacer y que tanto amó. Lorca, con su impresionante patrimonio cultural, aún no cuenta con un museo dedicado a sus artistas. Y eso, en palabras de su hija, “es una carencia que deberíamos subsanar”.
“Mi padre no fue el único. En Lorca han nacido o vivido pintores, escultores, músicos, diseñadores, fotógrafos… artistas que merecen un espacio digno donde su obra pueda dialogar con el público y con la ciudad. Un museo de arte orquino sería una manera de cuidar ese tesoro colectivo que es nuestra cultura”.
La propuesta no es una nostalgia familiar, sino una llamada necesaria: recuperar, conservar y proyectar el talento local. Desde la restauración de algún edificio emblemático como sede museística, hasta la realización de exposiciones itinerantes, Lorca tiene una deuda pendiente con sus creadores.
Manuel Segura Clemente murió en 1987, demasiado pronto para sus hijos, demasiado joven para un artista en plena madurez. La ciudad le dedicó entonces una exposición homenaje. Pero, desde entonces, su figura ha permanecido en ese espacio impreciso entre el recuerdo íntimo y el olvido institucional.
Hoy, cada vez que el manto de la Virgen de las Huertas vuelve a procesionar por las calles, también regresa -de forma simbólica y luminosa- su autor. Ese joven de 18 años que, con lápiz y fe, dibujó el símbolo de una ciudad creyente y artística.
Por el amor que se transforma en recuerdo, hoy pide, con justicia y con serenidad, un lugar permanente en la historia del arte de Lorca; La Ciudad del Sol, que siempre la recordaría y viviría con pasión, con gran anhelo cuando estaba lejos y a la que nunca renunció, para pasar en época estival temporadas familiares con sus hijos, hermanas y sobrinos, como recordada su hija Fuensanta.
La obra de Manuel Segura Clemente sigue ahí: en los retratos familiares, en las colecciones privadas, en los paisajes que aún respiran luz, en los estandartes que cruzan la historia y la memoria de una Lorca que sigue en deuda con el arte.










