No nos hemos rendido por Rosario Segura
Hay años que se pasan volando, y otros que se nos quedan pegados al alma. Para quienes estamos en la llamada “edad mediana”, 2025 quizá haya sido una mezcla extraña de bodas y funerales, de fotos con toga y birrete y de silencios en la mesa donde falta alguien. Algún hijo se ha casado, otro por fin ha terminado los estudios, quizá ha llegado un nieto… o se ha ido un padre, una madre, un amigo de toda la vida.
De repente, todo lo que hemos vivido durante meses se ilumina como los escaparates, de manera que lo bueno brilla más, pero también se hacen más visibles las grietas, las ausencias, los miedos que no confesamos. Es como si el calendario nos pusiera frente a un espejo y nos obligara a mirar de frente lo que preferimos pasar por alto el resto del año.
En medio de esa mezcla de luces y sombras, tenemos una cita muy particular el 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, patrona del país. Para muchos será solo un festivo más; para otros, una tradición que se repite sin pensar demasiado. Pero detrás de esa fecha hay una historia que, más allá de la fe de cada uno, contiene una lección humana que hoy necesitamos como el aire.
El llamado milagro de Empel ocurrió en 1585. Un Tercio español, unos cinco mil hombres, estaban cercados en una isla entre dos ríos, en Flandes, sin comida, calados hasta los huesos, con el enemigo alrededor y ninguna salida posible. Les ofrecieron una rendición “honrosa”. ¿Quién no se habría rendido en esas condiciones?
Sin embargo, aquellos soldados respondieron con una frase; “Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos”. No tenían un plan, tenían algo más frágil y a la vez más poderoso: dignidad y esperanza.
Mientras cavaban para protegerse, encontraron una pequeña tabla, se trataba de una imagen de la Inmaculada. No era oro ni un arma nueva. Pero en medio del barro, del frío y del miedo, se convirtió en un “todo”. Levantaron un altar improvisado, se arrodillaron y se abandonaron a la única fuerza que les quedaba; la confianza en que no estaban solos.
Y sucedió lo inesperado, pues un viento gélido heló las aguas del río. Lo que era una trampa mortal se convirtió en un camino sólido. Caminaron sobre el hielo, atacaron por sorpresa y derrotaron a una flota muy superior situada en Flandes en la isla de Bommel, en la actual Belgica/Holanda (desde entonces los Países Bajos no nos tienen en demasiada estima). De aquella noche quedó una frase atribuida al almirante enemigo: “Tal parece que Dios es español al obrar tan grande milagro”.
Al día de hoy tal vez tu “milagro” no sea un río helado, sino algo mucho más discreto: una amiga leal, un hijo que te abraza sin preguntar, un médico que te mira a los ojos, un extraño que te sonríe en la calle, una fe que no sabes explicar pero que te sostiene. Pequeñas tablas de madera en medio del barro.
Quizá por eso necesitamos fiestas, villancicos, luces, para unos celebrar que Dios nació para salvarnos, aunque no todos comparten esto del mismo modo y para otros quizás no para olvidar lo que ha pasado, sino para abrazarlo. Al final todos reconocemos que hemos sobrevivido a otro año, que hemos amado, reído, llorado y, sobre todo, que no nos hemos rendido.
Rosario Segura

