SIN PERMISO, SIN PERDÓN
SIN PERMISO, SIN PERDÓN por Rosario Segura
Ahora que se acerca el 25 de noviembre, volvemos la mirada a la lucha contra la violencia hacia las mujeres. No debería de ser solo un eslogan para conmemorar esa efeméride. Sabemos (porque lo vemos), que ante quien se percibe como el más fuerte, la reacción suele ser la de huir o someterse. En la sociedad esa lógica se adorna con creencias y tradiciones, pero el resultado se repite y el cuerpo de la mujer termina cargando con la moral de todos y sigue siendo una tentación para algunos hombres.
Ahí encaja el velo islámico cuando deja de ser prenda y se convierte en mandato. “Hiyab” significa separación. En la práctica, se traduce en poner sobre la mujer la obligación de no provocar y de sostener el orden social…ufff. No hablo de fe íntima, sino de control y de sometimiento. Si la norma cae casi siempre sobre ellas y el no cumplirla trae estigma o un castigo, hablamos de una desigualdad visible que se expresa en la calle, en las aulas o en el trabajo.
Es verdad que “el hábito no hace al monje”, pero la ropa enseña. Enseña quién puede mostrarse y quién debe ocultarse. Las órdenes religiosas lo saben y cuando el hábito es una renuncia libre y compartida por hombres y mujeres (no lo olvidemos), y además su ausencia no se penaliza, deja de ser un estigma. Ahí está la clave; se trata de simetría. Lo importante no es cubrir o descubrir, sino a quién se le exige, por qué y qué pasa si no lo hace.
Si un símbolo solo “funciona” cuando hay obediencia y castigo, no empodera, es una orden y un maltrato desigual. El reparto es jerárquico, pues el hombre circula sin marcas, sin embargo, la mujer señala con su cuerpo su “virtud social”. Soy de la opinión de que, si algunas mujeres resignifiquen el velo, no borra su historia ni la coacción que otras sufren al negarse. La libertad auténtica requiere alternativas reales, sin pérdida de derechos.
En Europa ponemos la igualdad en el centro. Ese principio no admite excepciones culturales cuando está en juego la dignidad. Igual que nadie puede ser esclavizado “ni siquiera si lo consiente”, tampoco podemos normalizar códigos que separan y subordinan, aunque algunas digan elegirlos bajo presión familiar, comunitaria o simbólica.
¿Significa esto prohibir toda expresión religiosa? No. Significa trazar una línea clara, pues, ninguna prenda puede condicionar la vida pública de las mujeres, y menos si se impone por razón de sexo (como ocurre en determinados países). En espacios públicos y del Estado (escuelas, administración, servicios…), el mensaje debe ser palmario; ninguna niña debería aprender que su valor pasa por ocultarse; ninguna adolescente, que su cuerpo es un peligro público; ninguna trabajadora, que debe cubrirse para ser “aceptable o aceptada”.
Otras religiones también tienen hábitos o prendas que habitualmente se ponen. La diferencia está en la simetría y en la sanción. Si la prenda expresa una vocación libre y reversible para todas, hablamos de espiritualidad. Si recae solo o casi solo sobre ellas, se justifica para “protegerlas” de deseos ajenos o miradas lascivas y su incumplimiento trae consecuencias, hablamos de sometimiento.
Por eso creo que, cuando el velo funciona como norma social dirigida a mujeres, es una falta de respeto a su dignidad y un signo de desigualdad cultural. No es “solo religión”, se trata de un conjunto de reglas sobre el cuerpo femenino. La igualdad empieza cuando las mujeres pueden mirar y ser miradas como sujetos plenos, sin pedir permiso ni pedir perdón por ser mujeres.








