CHINA Capitulo II por Juando

4 de febrero de 2026 - redaccion Eco

Desde que llegué hace unos días no paro de asombrarme de la aplicación que están haciendo de las tecnologías.
Ya me llamó la atención a la llegada al aeropuerto, en inmigración. Todo parecía como siempre: pasas por una cabina donde se encuentra el policía de inmigración quien, como primer trámite te pide el pasaporte. Para mi sorpresa, me aparecen mis datos en una pantalla y una voz en perfecto castellano que me va guiando sobre dónde poner los dedos para tomar mis huellas. Al tiempo, se van oyendo en las cabinas contiguas, instrucciones en otros idiomas, según la nacionalidad del visitante inspeccionado. Se acabó el problema de los idiomas. Su aplicación detecta directamente el idioma de cada visitante por su nacionalidad de pasaporte y recibe instrucciones en su lengua.
Me acordé del contraste de cuando pasé el control de inmigración en Madrid.
Hacíamos fila frente a la cabina policial y una señora uniformada de Guardia Civil iba gritando mientras se paseaba con cierta desidia y, yo diría, pasividad funcional, que sacáramos los pasaportes y los abriéramos por la página de la
foto. Delante de mí había una china que, ante las instrucciones, sacó su pasaporte de su bolso, pero sin abrirlo por la página solicitada. Cuando la Guardia Civil estuvo suficientemente cerca para percatarse de la desobediencia de la viajera le levantó la voz, a mi juicio, maleducadamente, reprochándole no tener el pasaporte listo como lo había indicado.
No reproduciré aquí las palabras textuales por vergüenza ajena. Se le notaba molesta a la agente ante tal rebeldía. Por suerte, a la china no le afectó su regañina pues no entendía español.
Aquí, de “chulicos” prepotentes con los que no entienden nuestro idioma; en China, con aplicaciones tecnológicas para facilitar la comunicación por encima del idioma que hable el visitante.
Lo de los idiomas se lo han tomado muy en serio: no quieren que sea una barrera y para eso se sirven de la tecnología. Han entendido el problema y lo han resuelto. Ya se puede ir por China sin hablar chino ni siquiera inglés.
Ya no pasa más lo que me ocurrió hace 15 años en la convención internacional de mi empresa. Vinieron a Huizhou (cerca de Shenzhen) comitivas de varios países. Hacía frío y los edificios no estaban bien equipados de calefacción. Todos se fueron enfermando de gripe poco a poco y yo, repartiendo paracetamol que me había traído de Europa. Hasta que llegó el día que yo, el solidario del paracetamol, me enfermé también.
Sólo me quedaba una pastilla en su envoltorio. Me la tomé y bajé con el envoltorio vacío a la recepción del hotel con la esperanza de que alguien me pudiera ayudar a conseguir más (sin ni siquiera saber si eso existía allí). Nadie hablaba inglés ni mucho menos español. Con el lenguaje de los gestos (muy eficaz en muchos casos) me intenté explicar.
La recepcionista, patosamente, manipuló con exceso el envoltorio creyendo que cuanto más lo manoseara mejor iba a entender lo que ponía el texto impreso. Finalmente, el texto se borró y el envoltorio se deshizo.
Le di las gracias reteniendo lo que pude mi enojo por destruirme mi única prueba y salí a la calle donde, por suerte, me encontré una farmacia.
Pero nadie hablaba inglés, ni entendía la palabra “paracetamol” ni yo tenía ninguna evidencia del producto para enseñarle una muestra. Allí me pasé un buen rato interactuando con la vendedora que, a pesar de mostrar sus mejores predisposiciones, no conseguía entenderme.
Después de sacarme varias cajas de preservativos, de todos los tamaños, colores y sabores (seguramente era lo habitual que adquirían los clientes de mi perfil) me dispuse a partir.
En mi camino hacia la puerta, por casualidad, vi en unas estanterías una caja con la mención “paracetamol”. Qué fácil parece y qué complicado cuando la vendedora no entiende ni sabe leer esta palabra.
El karma me ayudó por haber ayudado yo compartiendo mi paracetamol.
Pero esta historia la podemos poner ya en las crónicas del pasado. Ya no tienen estos problemas en la China moderna y tecnológica de nuestros días.
En cualquier comercio o incluso en la calle, la gente te saca una aplicación o un dispositivo específico que te hace traducción casi simultánea entre cualquier idioma.
Después de mi experiencia estos días lo encuentro un método eficaz, aunque muy frío emocionalmente. No es lo mismo que hablar directamente.
Hay ciertas conversaciones que no pueden pasar por estos aparatos. Pero otras muchas sí, como la adquisición de paracetamol en una farmacia.
De hecho, un director de fábrica me recibió el otro día y conversamos con esta aplicación pues él no hablaba inglés ni yo chino. Los mensajes estuvieron claros; nada que reprochar. Sin embargo, tengo la sensación de haber estado hablando con una máquina en vez de una persona, aunque la tenía delante de mí.
No tengo nada que reprocharle a esta fábrica. Sin embargo, no la voy a retener para mi misión.
No me apetece hablarle a una aplicación.
El lado emocional todavía tiene su peso.