ADICCIÓN A LAS PANTALLAS II por Manuel de Jesús
En nuestra anterior publicación hablamos de los efectos del uso de las pantallas y de cómo las redes sociales afectan a la sociedad mundial, así como de la dependencia que existe en la colectividad, en general, de los diferentes medios de comunicación vía internet. En realidad, todo se circunscribe a la manera en que se usen las distintas redes y al acceso que se pueda tener a las mismas.
Hay que reconocer que internet, en su conjunto, ha sido la mayor revolución histórica que ha vivido la humanidad. Su uso ha recortado todas las distancias en las comunicaciones; hoy en día tenemos acceso a la noticia en pleno desarrollo y cualquier situación se puede conocer en directo gracias a que esta tecnología evoluciona constantemente. Este avance ha permitido que grandes inversores formen equipos de especialistas para crear gigantes de la comunicación que sirven a todo aquel que quiera incorporarse a estos servicios.
El beneficio obtenido va desde la sencilla información periodística actualizada, hasta la consulta de cualquier tema que el usuario requiera o la comunicación con otras personas sin distinción de idiomas, edades e ideologías. Se han creado plataformas con variados usos, algunas más populares que otras: a unas se accede voluntariamente y sin costo alguno, mientras que otras controlan su acceso mediante contratos previos.
Los grandes problemas han surgido a partir del uso sin moderación ni control. El riesgo aparece en el momento en que el usuario puede falsear su identidad, refugiándose en el anonimato, los seudónimos o perfiles sin la autenticación adecuada. Tras estas máscaras se ocultan innumerables rostros y organizaciones de todo tipo: estafadores que pretenden quitar el dinero a víctimas incautas mediante el engaño sentimental, dietas milagrosas, inversiones que prometen riquezas a corto plazo, viajes a lugares inexistentes u ofertas de bienes que parecen verdaderos «chollos». También se usan las redes para «vender ideas» y adoctrinar con imágenes e historias encabezadas por titulares atractivos, los cuales conducen al usuario a creer en teorías estrafalarias, como que la Tierra es plana, que algún presidente es extraterrestre o que el planeta está a punto de ser destruido por un meteorito enorme.
Por otro lado están los llamados influencers quienes, basados en una imagen atractiva, cautivan a multitudes mostrando su supuesto día a día y revelando sus actividades más íntimas. Al existir público para todo, estos personajes generan ingresos a costa de los «likes» de sus visitantes.
Deportistas de élite, actores, científicos, gente desconocida y políticos dedican gran parte de su tiempo al «postureo» o, al menos, a expresar lo que piensan y planean a favor o en contra de un proyecto. Algunos aportan temas interesantes, pero otros solo buscan la autocomplacencia o dañar a sus adversarios.
Sin duda, las redes sociales han sido uno de los mayores factores de polarización, enfrentamiento y batallas ideológicas. Es la realidad de nuestra actualidad: una era en la que la gran mayoría de amigos, amores, conocimientos e ideales surgen en un mundo virtual, desposeído por lo general de rostros y de miradas de frente. Un mundo en el cual no hay manos que se estrechan, abrazos que transmiten sentimientos ni besos con humedad y sinceridad. No obstante, no deja de ser el mundo que la ciencia y la tecnología nos han llevado a compartir; si no nos involucramos en él, tendremos una vida analógica, es decir, no estaremos «vivos» para el sistema actual.



