LA PÉRDIDA DE INOCENCIA A TRAVÉS DE LAS HISTORIAS

10 de abril de 2026 - redaccion Eco

El inevitable viaje hacia la culpabilidad de todo ser en el mundo real
y en los ficticios
por Joaquín Pérez García

“La inocencia acaba cuando empieza la vida de cada individuo” – mi madre, marzo de 2026.
El arte narrativo es capaz de hablar de cualquier cosa. Las historias son metáforas de la vida, y la vida es un proceso de aprendizaje, cambio y descubrimiento continuo, en el que aprendemos cómo funciona el mundo, qué es lo que queremos y cómo nos posicionamos ante las diferentes situaciones que acontecen en nuestro día a día.
La inocencia (“estado del alma libre de culpa” o “candor, sencillez” según la RAE) puede estar envuelta en prácticamente cualquier tipo de debate moral, desde la balanza entre el bien y el mal hasta la perspectiva de cualquier personaje ante la realidad externa que le rodea, ya que es este descubrimiento empírico o gnoseológico el que nos puede arrebatar la inocencia poco a poco, obligándonos a intervenir o actuar en conflictos vitales y cargar con una culpa, ya sea positiva, negativa o neutral. Por tanto, cuanto más tiempo estemos en este mundo, más difícil se hace evitar la culpabilidad o complicidad en cualquier ámbito.
Algunos exponentes de esta irremediabilidad de la pérdida de inocencia en entornos hostiles son El Lazarillo de Tormes y su famosa picaresca (novela), Rick y Morty (serie), La Carretera (novela y película), American History X (película), o The last of us (videojuego y serie), historias en las que una figura infantil habita un entorno peligroso guiado por un adulto que ha conformado una moralidad propia en ocasiones por pura supervivencia y en otras por egoísmo o misantropía. Los personajes que encarnan esta niñez se encuentran ante dilemas y situaciones en los que tienen que debatirse entre lo que ellos consideran “bueno” o “correcto” y su propia vida, lo que acaba llevándoles a perder la inocencia inicial de la que parte todo ser humano.

También existe un tipo de inocencia voluntaria que se construye tratando de evitar la realidad o construyendo una propia al más puro estilo cervantino. La voluntad y consciencia de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha son variables en función del contexto y del estado emocional en el que se encuentra, y en sus momentos de lucidez e incluso en los de más absoluta locura podemos entrever reflejos de cordura y de una libertad suprema: la de elegir su propia realidad, y la concepción externa de no ser consciente de lo que hace por una enfermedad mental parece eximirle de toda culpa y refugiarlo en una inocencia voluntaria, o no tan voluntaria.

Ya no por imaginación o por sentimiento de irrealidad, en muchas historias encontramos una presunta inocencia de muchos personajes por ignorancia, por lo que se va perdiendo conforme el sujeto va comprendiendo o aprendiendo cómo funciona el mundo en el que vive. Esto está íntimamente relacionado con el mito de la caverna de Platón, aunque asumiríamos que para encontrar la idea del bien hay que vivir y conocer, lo que nos haría perder una inocencia que no tiene por qué ser necesariamente benigna. En El Show de Truman (película), sentimos una profunda empatía por el protagonista pues lo percibimos como alguien puro, bueno, con un comportamiento casi infantil, pero, en definitiva, ignorante, hasta que descubre la verdad y comienza a cometer acciones libres.
Las historias son metáforas de las preguntas irresolubles, los motivos inexplicables, la evolución incontrolable, el dolor necesario, la sanación consecuente, y la propia condición humana; y la inocencia es un rasgo necesariamente volátil, pues, de una forma u otra, acabamos envueltos en situaciones y dilemas que nos hacen actuar o posicionarnos. La culpabilidad negativa puede resultar molesta, pero es inevitable, y hemos de aprender a vivir con ella e intentar que sea derivada de un intento de hacer lo correcto.