CRÓNICA DE UN DESPEGUEpor Alfonso José Rodríguez

10 de abril de 2026 - redaccion Eco

Otro año más, y aquí nos ven, con la maleta a medio cerrar y el mapa extendido sobre la mesa del comedor, con figuritas de huevo kinder marcando los posibles destinos.
Esta vez hemos decidido cambiar la chilaba y la arena del desierto por algo, digamos, más «civilizado», aunque manteniendo intacta esa filosofía que nos mueve: conocer un país desde sus entrañas, perdiéndonos en esos rincones remotos donde el turista de postal no llega, sin ascos a los lugares concurridos si la ocasión lo merece.
La semilla de este viaje se plantó hace años, hojeando viejas revistas de motor 4×4 que hablaban de Croacia como un destino indómito. Abrí el mapa y pensé: «¿Y por qué no?». Además, nos lo ponían en bandeja: país europeo, en la Unión desde 2013 y con el euro en el bolsillo desde 2023.
Viajar por nuestra Europa es una comodidad bendita por garantías y seguridad.
El detonante fue un clic de ratón. Al ver que alquilar un coche para siete días allí costaba apenas 30 euros, me quedé de piedra. No es que temiera un timo, es que me parecía tan exageradamente barato que los ojos se me hacían chiribitas. Por prudencia, esperé hasta el último momento, rastreando webs fiables y contrastando con la propia compañía de vuelo para asegurarme de que aquel precio era real. Una vez confirmado que el chollo existía, la suerte estaba echada: volaríamos a Zagreb.

Pero viajar en avión tiene sus peajes para alguien acostumbrado a la libertad del 4×4. El equipaje iba tan apretado, en esa partida de «Tetris» infernal que es hacer las maletas para cuatro, que tuve que dejar en el garaje todo el material para equipar el coche en ruta.
Pero lo que más me dolió fue despedirme de mi navaja Victorinox; por las estrictas medidas de seguridad, mi fiel compañera se quedó en tierra. Les confieso que me sentía como desarmado, casi desnudo sin ella. Eso sí, como viejo zorro, metí en el último hueco un mapa de papel de la Michelin; la tecnología está muy bien, pero el papel no se queda sin batería cuando los dispositivos fallan.
Salimos un 13 de marzo. El Chrysler nos llevó al aeropuerto y lo dejamos en un aparcamiento, durmiendo por los próximos 7 días.
Tras pagar 60 euros de «impuesto al despiste» porque la web donde compre los billetes no pudo sacar las cuatro tarjetas de embarque y pretendía dejar en tierra a mis dos niños,una señorita muy
amable de la compañía aérea nos ayudó a solucionar el pequeño inconveniente…cosas de internet, ellos fallan …tu pagas.
Nos plantamos en Zagreb tras dos horas y media de vuelo.
La capital nos recibió bella, durmiente pero con una atmósfera extraña. Eran las diez de la noche de un viernes, pero las calles estaban tan desiertas que parecía más de medianoche; no se veía un alma.
Tras recoger nuestro Ford Ecosport —un coche alto y despejado que nos sorprendió gratamente— y soltar los bártulos en el Funk Lounge Hostel, el hambre apretaba.
Sin embargo, en aquella soledad urbana, lo único que encontramos abierto y cercano fue un McDonald’s. Allí terminamos los cuatro, pagando unos módicos 30 euros por unas hamburguesas que parecían haber encogido en el vuelo. (continuará…)