PEDESTAL Y PROCESIÓN
PEDESTAL Y PROCESIÓN
Hay articulistas que escriben. Y hay articulistas que se escriben a sí mismos mientras aparentan hablar de su ciudad. En el artículo Manzanas prohibidas, Pérez-Muelas no parece mirar a Lorca, sino más bien parece mirarse en Lorca, como quien se contempla en un espejo barroco y queda fascinado por el eco de su propia voz. El problema no es la cultura, ni la erudición, ni siquiera el gusto por la frase larga. El problema empieza cuando la literatura deja de servir a la verdad y empieza a servir al ademán. Entonces la lectura se vuelve estridente. No por soberbia lectura, sino por lectura soberbia.
Se nos habla de Lutero, de Trento, del Barroco, de Jerusalén, de la decadencia, del demonio si hace falta, con esa solemnidad de quien parece haber sido nombrado notario del alma lorquina. Y, sin embargo, mientras se elevan esas bóvedas verbales, el lector común -ese al que algunos llaman pueblo cuando conviene y vulgo cuando molesta– tiene derecho a preguntarse si tanta altura no estará ocultando una evidencia mucho más simple: que la Semana Santa de Lorca no necesita que nadie la explique con ese tono de dueño de las llaves del sentido.
Porque antes que Trento, antes que la grandilocuencia de salón y antes que la tentación de convertir cada columna en una cátedra, estuvo la Pasión representada en atrios y naves, estuvo la catequesis visual, estuvo la pedagogía popular de la fe. Eso lo entendió muy bien Gaspar J. López Ayala al recordar que Egipto, Persia, Babilonia o Etiopía no son el centro del mensaje, sino su envoltorio hermoso, el cartón de una caja de bombones, el escenario de una enseñanza más honda. Las procesiones de Lorca no son un museo de vanidades históricas ni una tesis doctoral paseada por la calle. Son, antes que nada, una forma de hacer visible lo invisible, una catequesis que tomó color, bordado, músculo, caballo y emoción popular.
Dicho de otro modo: la Semana Santa de Lorca no nació para que algunos la reciten desde arriba, sino para que todos la entiendan desde abajo.
Y ahí es donde chirría el artículo de José M. Pérez-Muelas. No en la forma culta, que puede ser incluso brillante por momentos, sino en el gesto de superioridad que asoma entre línea y línea, como si la ciudad tuviera la obligación de estar a la altura del articulista y no al revés. Hay textos que iluminan; este, por ratos, parece examinar. Hay columnas que invitan; esta amonesta. Hay firmas que aman a su pueblo incluso en sus excesos; esta da la impresión de querer corregirlo desde una tarima invisible.
Y sorprende aún más esa pose de custodio de la educación y de la estética cuando más de uno recuerda que, en la recogida de banderas del Domingo de Ramos, mientras el capitán de su banda hacía gestos impropios, no se vio precisamente al mayordomo de al lado ejercer el orden con demasiada diligencia. Será que a veces no está del todo claro para qué sirve un mayordomo, o será que la autoridad moral resulta mucho más cómoda en la tribuna que a pie de calle. Reprender desde el papel siempre ha sido más sencillo que poner compostura en casa.
No se trata aquí de negar el derecho a la crítica. Faltaría más. Lorca necesita voces críticas, también en Semana Santa. Necesita menos incienso retórico y más verdad. Menos narcisismo literario y más respeto por la inteligencia ajena. Menos tentación de presentarse como el único que ha comprendido el misterio y más humildad para aceptar que la ciudad, con todos sus defectos, ya sabía antes de que llegaran los comentaristas que lo suyo no era un simple desfile, sino unaforma de memoria, de fe, de rivalidad y de identidad.
Porque sí, en una cosa coincidimos es que la Semana Santa de Lorca es única. Lo es de verdad. Pero no por la prosa enfática de quienes la contemplan como si hubieran descubierto su secreto. Es única por su capacidad de mezclar fe y escena, emoción y pedagogía, rivalidad y pertenencia, calle y trascendencia. Es única incluso en sus contradicciones, en sus exageraciones, en sus excesos y en sus puyas. Es única porque el pueblo la ha levantado mucho antes de que algunos decidieran interpretarla como si les perteneciera el diccionario de su sentido.
Lorca no necesita guardianes de la profundidad que hablen como si acabaran de bajar del Sinaí con una columna bajo el brazo. Necesita voces que comprendan que aquí la fe también se borda, que la historia también se dramatiza y que el pueblo no es un alumno torpe esperando a que lo ilustren. La pedagogía visual de nuestra Semana Santa ha sobrevivido a siglos, a modas, a clericalismos, a frivolidades y hasta a articulistas convencidos de que el problema de Lorca es no haberlos leído con suficiente recogimiento.
Quizá convendría bajar un poco del pedestal y mirar la ciudad sin tanta voluntad de sentencia. Quizá convendría recordar que la inteligencia no siempre habla en tono altisonante y que el amor a una tradición no exige humillar al que la vive de otra forma. Quizá convendría, en fin, escribir menos para deslumbrar y más para entender.
Porque al final, entre tanto espejo, tanta manzana y tanto cristal roto, uno sospecha que el verdadero problema no es que Lorca sucumba a su belleza, sino que algunos sucumben a su propia manera de contarla.
Y es el eterno juego lorquino de “picar” al contrario, parte de nuestra idiosincrasia. ¿Es posible que quien pretende darnos lecciones sobre la Semana Santa de Lorca lo desconozca?

ROSARIO SEGURA




