LAS PEDANIAS TAMBIEN SON LORCA
La floración de los almendros en las pedanías altas de Lorca debería ser mas que una bonita estampa de febrero o marzo, una preciosa declaración de identidad. Cuando los campos de Doña Inés, Avilés, Coy, La Paca, La Parroquia, La Zarcilla o Zarzadilla se cubren de blanco y rosa, no solo florecen los árboles leñosos, sino una forma de entender el territorio, con una belleza espectacular -comparable con la de Cieza- pero que rara vez es el centro del reclamo turístico de este municipio.
Porque los lorquinos gozamos de castillo, historia, Semana Santa, bordados, palacios, plazas monumentales y patrimonio urbano. Pero no podemos olvidar que hay más Lorca, extendida, dispersa y a menudo ignorada, que guarda un patrimonio igual de necesario, que pasa por lavaderos donde se hizo vida en comunidad, fuentes, y encuentros, molinos, acueductos, ermitas, cortijos, bancales, caminos rurales, sabiduría del campo, recetas, fiestas, música popular y religiosidad. Un patrimonio menos fotografiado, pero profundamente vivo y real.
Tenemos el Acueducto de Zarzadilla de Totana, esperando desde hace demasiado tiempo que las promesas de los que nos gobiernan se conviertan en obras. Ahí está el lavadero de Coy, que recuerda que antes de que el agua llegara a las casas, los espacios comunes eran también espacios de relación, conversación y vecindad. Se hallan los paisajes de almendro, vid y olivo de Doña Inés y Avilés, que no son solo economía agraria, sino una cultura material y emocional de un pueblo.
El problema es que el patrimonio rural suele reconocerse cuando se pierde, no cuando todavía puede salvarse. Y esa es una forma injusta de mirar las pedanías de una Lorca que sigue viva. Hablo de lugares que sirven para producir, para conservar tradiciones o para ofrecer paisaje, pero no siempre como comunidades con derecho a decidir su futuro. La cultura en las pedanías no puede ser una actividad ocasional ni una visita de temporada. Debe formar parte de una política estable de territorio, turismo, educación, movilidad y memoria.
Tener presentes a las Tierras Altas no es mirar al pasado con nostalgia, sino reclamar futuro. Reivindicar la floración, la lectura, el cine rural, las mujeres rurales, los lavaderos, los acueductos o las rutas no es folclore muerto o seco. Es pedir que la cultura sea también una herramienta contra la despoblación, contra la desconexión y contra la desigualdad territorial.
Lorca no puede permitirse una ciudad monumental en el centro y una Lorca rural esperando marginada. No podemos, no debemos celebrar nuestra historia mientras dejamos caer parte de su memoria en las pedanías que poco a poco se van olvidando. No se puede hablar de desarrollo si quienes viven lejos del casco urbano siguen lejos del transporte, de la fibra, de los servicios, de la inversión y de la escucha.
La floración de los almendros nos recuerda que la belleza también necesita cuidados. Y cuidar las pedanías es cuidar Lorca. Porque Lorca también son sus pedanías, que están, una vez más, lejos de todo, lejos también de la memoria de los que mandan, -salvo cuando llegan elecciones locales-. Me viene a la memoria la frase de Kundera,” la lucha por el patrimonio es de la memoria contra el olvido”.

Rosario Segura





