“LA CAZA DEL OCTUBRE ROJO” por Luis Campoy

27 de julio de 2026 - redaccion Eco

La historia, incluso la del Cine, no es justa con algunas películas: se las olvida, no se las valora como se merecen.
La caza del Octubre Rojo es una de ellas. Y hoy, con la reciente pérdida de Sam Neill, verla adquiere un matiz distinto, casi melancólico.
Su interpretación del entrañable Vasily Borodin —ese oficial soviético que sueña con vivir en Montana, “con dos coches y quizá una mujer”— se ha convertido en un pequeño tesoro dentro de una obra mayor. Basada en la novela de Tom Clancy, la película de John McTiernan es un prodigio de equilibrio: lo suficientemente compleja para satisfacer al espectador exigente, pero siempre moviéndose con la fluidez de un thriller de acción.
Su trama, centrada en la deserción del capitán soviético Marko Ramius y su submarino nuclear Octubre Rojo, funciona como una metáfora del final de la Guerra Fría, un momento histórico en el que las tensiones empezaban a resquebrajarse y los gestos individuales podían cambiar el rumbo del mundo. El guión destila inteligencia. Los diálogos son precisos, certeros, memorables. No hay frase que no tenga intención, ni escena que no empuje la historia hacia adelante. La película demuestra que la acción puede convivir con la sofisticación narrativa sin perder ritmo. Rodar casi toda la película en interiores metálicos, estrechos y repetitivos, podría haber sido un suicidio narrativo. Pero McTiernan (Depredador, Jungla de cristal…), en su mejor momento profesional, convierte el submarino en un espacio vivo, dinámico, lleno de tensión. La cámara se desliza como si conociera cada tornillo del Octubre Rojo, y el montaje mantiene un pulso que jamás decae. Es un ejemplo perfecto de cómo la dirección puede transformar una limitación en una virtud. El elenco es sencillamente extraordinario: Sean Connery, imponente, sereno, magnético; Sam Neill, cálido y humano, aportando la emoción que la historia necesitaba; Alec Baldwin, en su mejor papel como Jack Ryan, antes de que Harrison Ford tomara el relevo en la secuela Juego de patriotas; Scott Glenn, sólido como una roca; además de unos solventes James Earl Jones, Tim Curry, Richard Jordan, Peter Firth o un joven Stellan Skarsgärd. ¡Repartazo!. Todos ellos construyen un mosaico de personalidades que sostienen la tensión política y emocional del relato.
Musicalmente, la partitura de Basil Poledouris es un acontecimiento en sí misma. Sus coros rusos, su solemnidad militar y su épica contenida elevan cada secuencia. Es una banda sonora que no acompaña: dirige. Y en una película donde el sonido es crucial —máquinas, sonares, motores, silencio— Poledouris se convierte en un narrador más.
En tiempos en los que el doblaje se cuestiona, La caza del Octubre Rojo recuerda lo que puede llegar a ser cuando se hace con rigor: una obra paralela, respetuosa, impecable. Las voces españolas encajan con una naturalidad sorprendente y contribuyen a que la película funcione igual de bien en nuestro idioma.
Revisitarla ahora, con Sam Neill ya ausente, añade una capa de emoción inesperada. A pesar de que, obviamente, la estrella incuestionable era el inmenso Sean Connery, el personaje que compone Neill es uno de esos que permanecen: noble, soñador, trágico. Y su despedida en la película —tan sencilla, tan humana— resuena hoy con una fuerza especial.
La caza del Octubre Rojo no es sólo un thriller perfecto. Es un retrato de un mundo que estaba cambiando, una lección de cine de tensión y un homenaje involuntario a actores que hicieron historia. Y entre ellos, hoy, brilla Sam Neill.