Croacia: Eslavonia por Alfonso J. Rodríguez

30 de junio de 2026 - redaccion Eco

Eslavonia: La otra cara de Croacia
Lejos de las multitudes de la costa adriática, el este del país esconde Eslavonia. Es una región ideal para el turismo rural y la tranquilidad, caracterizada por sus inmensas llanuras fértiles, sus históricos bosques de roble y una rica gastronomía tradicional. Un destino perfecto para descubrir la Croacia más auténtica y natural.
Eslavonia: Las cicatrices imborrables de un país en el arcén
A estas alturas del viaje ya había entendido el verdadero significado de las ruinas. Nos adentramos en lugares poco turísticos de Croacia, en dirección a Eslavonia. No es que no conociese que allí hubo una cruenta guerra, es que, francamente, uno no se imagina las cicatrices tan profundas que un conflicto deja impresas en la fisonomía de un país y en el alma de sus gentes.

Para entender lo que veíamos, hay que echar la vista atrás. Los croatas declararon unilateralmente su independencia el 25 de juniode 1991, en contra de los yugoslavos y de la población serbocroata, que se oponía esgrimiendo que el derecho de secesión no era uno de los derechos de las repúblicas. Inicialmente, el ejército enemigo era el yugoslavo, ampliamente dominado por los serbios. Croacia era una de las repúblicas dentro de la República Federal Socialista de Yugoslavia, y los serbios representaban un 12% de la población croata. Al mismo tiempo, Milosevic maniobra para tener más control en la presidencia federal, y justo en este caldo de cultivo, el germen del nacionalismo empezaba a asomar en Croacia, precisamente para protegerse de los abusos y por un hartazgo generalizado hacia el gobierno comunista.
El caso es que, apenas seis meses después de estallar el conflicto, habían muerto más de 10.000 civiles, cientos de miles habían abandonado sus casas y otras tantas poblaciones habían sido aniquiladas.
La ruta de la memoria y el ladrillo desnudo
Nos olvidamos de las autopistas, entre otras cosas, porque por allí sencillamente no había. Transitábamos por una franja estrecha del país limitada al sur por Bosnia, al este por Serbia y al norte por Hungría. Una llanura agrícola extensa, sin montañas a la vista, donde no había muchas carreteras y las que había tenían rectas infinitas en las que se enlazaba un pueblo tras otro. Allí,
las casas dan a la carretera principal y en la parte de atrás se extienden los cultivos.
Una cosa me llamó poderosamente la atención: la carretera estaba limitada a 60 km/h. No terminabas de abandonar un pueblo cuando ya empezaba otro; apenas vimos una señal de 80 en todo el trayecto, no había tiempo para acelerar. Nos dimos cuenta de que las casas, en su gran mayoría, eran de ladrillo pero sin enlucir, y bastante nuevas. Indagando un poco, descubrimos la razón: una vez acabada la guerra, el gobierno dio ayudas para reconstruir los hogares devastados, pero lógicamente dio prioridad a lo vital, es decir, a cerrarlas. Se aseguraron paredes, techos y ventanas para que la gente pudiera volver a habitarlas, dejando el decoro y la estética para tiempos mejores. Hasta la fecha, siguen sin enlucir, erigiéndose como un recordatorio mudo de una posguerra pragmática. Estas construcciones de ladrillo visto se mezclaban a su vez con ruinas invadidas por la
naturaleza, donde lo más imponente era ver que
la estructura había sido quemada y los tejados habían caído pasto del fuego. Eran casas serbias que los croatas habían quemado para asegurarse de que jamás volviesen.
Cruces en el arcén
Seguíamos avanzando y, conforme nos adentrábamos en la región, un nuevo elemento entraba al bucle de carretera recta y pueblo tras pueblo. Ahora encontrábamos cruces, lápidas y banderas croatas cada pocos kilómetros. A veces, un cementerio en medio del pueblo con las lápidas en el suelo y los muertos enterrados allí mismo. Esto nos llamó la atención y en el momento no sabíamos a qué se debía.
Al poco, leyendo y preguntando, descubrimos que las lápidas y cruces en medio de la carretera marcan el lugar exacto donde cayeron las víctimas de la guerra. A veces, familias enteras fueron ejecutadas en las puertas de sus casas, y cada cruz se puso en el lugar exacto del
asesinato. Unas veces esas cruces eran de civiles, otras de un soldado, o de un niño, o de alguien que iba a por pan, pisaba una mina y moría. Allí mismo ponían una cruz para que nadie olvide jamás los horrores de la guerra.
Días después de volver, escuché un programa de La noche en blanco en el que le preguntaban a un curtido reportero de guerra a qué lugar no volvería jamás. Para mi asombro, dijo: Croacia. «Vi demasiada crueldad allí y no podría ver a un croata con los ojos de un turista», afirmó. Debió ser terrible; la limpieza étnica por parte de ambos bandos debió ser de una brutalidad inimaginable.
A las velocidades a las que se circulaba, los kilómetros no avanzaban y tampoco había grandes ciudades cerca, por lo que buscamos una granja-hotel para alojarnos. Uno de esos lugares en medio de la nada, pero totalmente autosuficientes: bar, restaurante, hotel y algunas actividades. Llegamos hacia el mediodía y decidimos visitar el río Drava, afluente del Danubio y frontera natural con Hungría. Literalmente, estuvimos a tiro de piedra de Hungría, paseando por una llanura con bosques densos y grandes extensiones de cultivo. Un remanso de paz natural que contrastaba fuertemente con la pesada carga histórica de la carretera.
El alojamiento era una singular granja-hotel en la zona de Visnjica, un enclave que combinaba establos, carruajes de caballos y, para nuestra sorpresa, alguna joya automovilística como un flamante Bentley.
Al parecer, el complejo era un escenario habitual para celebraciones y nupcias, destilando ese aire de eventos especiales en mitad del campo. Nuestra estancia se encontraba en la planta superior, bajo unos acogedores techos abuhardillados que invitaban al descanso.
Sin embargo, la intendencia gastronómica nos jugó una mala pasada. Había leído un cartel que indicaba el cierre a las 22:30, así que bajé con calma a las ocho para disfrutar de unas cervezas —a precio de orfebre, todo sea dicho— mientras el resto de la expedición se demoraba en la ducha. Para cuando nos reunimos todos a las nueve de la noche con intención de cenar, la cocina ya había bajado la persiana. Resultó que mi interpretación del croata no era tan afinada como creía: el horario del cartel era para la cafetería, y entender aquel idioma era una tarea de una dificultad extrema. Por fortuna, el camarero se apiadó de nuestro error y nos sirvió unos sándwiches, un humilde salvoconducto para no irnos a la cama con el estómago vacío.
Al despertar, la ruta nos aguardaba con dirección sur hacia el parque natural de Papuk; y es que, si algo define a Croacia, es su naturaleza desbordante. Pero eso ya forma parte de otro capítulo.