EL ARTE DE LA RIENDAY EL BORDADO:EL ALMA DE LA SEMANA SANTADE LORCA por MariaM
Si algo caracteriza a las procesiones de Lorca, además de sus esplendorosos bordados, son los espectaculares caballos que en ellas participan. Ya sea montados por diestros jinetes o guiados por valientes aurigas engalanados con trajes de la época bordados, constituyen el asombro de quienes descubren por primera vez los desfiles lorquinos.
Entre los miles de lorquinos que hacen posible esta Pasión, hemos conversado con dos expertos que viven el mundo del caballo desde dentro: uno como jinete volteador en el Paso Azul y otro como auriga en el Paso Blanco. Ellos son Salvador Meca Rodríguez y Pedro García Martínez «El Sordo».
PEDRO GARCÍA “EL SORDO”
Nos recibe en su cortijo, bautizado también como “El Sordo”. Las paredes de la estancia son un testamento de su vida: están forradas de fotografías de carros de Semana Santa, enganches, caballos espectaculares, escenas de toros y trofeos. Como él mismo confiesa, le apasiona todo lo relacionado con el campo.
Se percibe de inmediato que es «buena gente». Ganadero, hijo y nieto de ganaderos, Pedro tiene la suerte de dedicarse a lo que ama. El apodo, explica, lo heredó de su abuelo. Su historia con la Semana Santa comenzó en 1977, cuando salió por primera vez con apenas 11 años. En aquella época, los enganches se traían de fuera, principalmente de Cataluña; fue su padre quien, sobre los años 80, empezó a desfilar con enganches propios, siendo de los pioneros en Lorca.
El carro de Majencio salió por primera vez en 1961 y, como auriga del Paso Blanco, su presencia sigue siendo imponente. Este pasado Viernes de Dolores y Viernes Santo, recorrió la carrera en una siga de 6 caballos interpretando a este emperador. Por su parte, el Domingo de Ramos guio una cuadriga encarnando al emperador Licinio, quien estableció en el año 313 d.C., mediante un acuerdo con Constantino I, la libertad religiosa en el Imperio romano. Cuando el espacio se lo permite, arrea a los caballos poniéndolos al galope. No es tarea fácil dominar plenamente a seis animales, pero Pedro juega con ventaja: él mismo los ha elegido,domado y conoce a la perfección el carácter de cada uno y la posición exacta que deben ocupar en el tiro.
Para que todo salga perfecto, Pedro entrena a los caballos poco a poco: primero de uno en uno, luego de dos en dos y después de tres en tres. No es hasta que llega el día de la procesión, en la carrera, cuando los engancha a los seis por primera vez.
Nos explica también una curiosidad histórica: en la época romana se usaban las bigas (de dos caballos) y las cuadrigas (de cuatro) para las entradas triunfales, pero lo de las sigas de seis caballos es algo único de Lorca. Además, sus caballos van sin anteojeras, igual que iban los de los carros romanos originales. Esto hace que el mérito sea mayor, porque el animal lo ve todo y tiene que confiar plenamente en la mano del auriga.
Desde hace tres años, su sello de identidad es el color negro. Posee nueve caballos azabaches, todos de su hierro e hijos de sus propias yeguas, que va alternando según las necesidades de los desfiles.
Para Pedro, el secreto de un buen tiro reside en la elección y el posicionamiento. Nos recuerda que en la película Ben-Hur lo explican magistralmente: “que los cuatro caballos corran como uno solo”. Ya sean cuatro o seis, el conjunto debe ser «parejo»; ninguno puede correr más que el otro para mantener la armonía y la seguridad.
Su maestría no se limita a la Pasión lorquina. Pedro es también el carretero de la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Lorca, y es su carro el que porta a la Virgen cada año. Por su dedicación y años de servicio, la Hermandad le rindió un merecido homenaje en el año 2024.







SALVADOR MECA
Trabajador nato, es profesor, mecánico, jinete volteador y domador de caballos, fué también rejoneador, ejerciendo todo ello por vocación.
Hijo de mecánico y nieto de herrador que por aquél entonces también hacían un poco o bastante de veterinarios, aunque cuando él tiene consciencia de su abuelo ya estaba retirado, sus charlas con él sin duda le influyeron en su afición por los caballos.
A la temprana edad de 12 o 13 años, su padre le compró su primer caballo. Antes de cumplir los 20 años, en 1988, ya desfilaba con el Paso Azul por la carrera lorquina montando su propio ejemplar.
Salvador comenzó de caballista en la escolta de la Virgen de los Dolores pasando por varios grupos, pero los que más marcó su trayectoria es la Caballería Etíope.
Lo que hace especial a este grupo es su técnica: desfilan «a pelo», sin montura, realizando acrobacias que desafían la gravedad. El grupo etíope data de 1891 y es uno de los más antiguos y representativos del Paso Azul. Fue Castillo Navarro el que introdujo los volteadores en los años 70 del siglo pasado. En sus inicios, los componentes del grupo de volteadores eran especialistas de cine, principalmente de la industria del «spaghetti western» que se producía en Almería.
Fascinado por las acrobacias sobre el caballo, Salvador empezó a prepararse y a domar su propio caballo para esta disciplina. En 1993, tras unos años de preparación, salió por primera vez realizando el característico volteo. Desde entonces han pasado más de tres décadas. Es el caballista que más años lleva procesionando de forma ininterrumpida en el Paso Azul y muy probablemente en las procesiones de Lorca. Con 52 años, todavía no ha pensado en retirarse. Entrena de forma continúa durante todo el año, para voltear hay que estar en una forma física excelente.
Su legado está asegurado con Álvaro, su hijo. Juntos han hecho historia al convertirse en el primer binomio de padre e hijo que desfilan como volteadores. Álvaro, que ha heredado la destreza de su padre, tras terminar sus estudios, se ha tomado un año sabático para trabajar como especialista en el parque Puy du Fou de Toledo.
Actualmente tiene tres caballos, el que monta su hijo, el suyo propio y otro que está domando. Para Salvador, la doma es fundamental. Normalmente siempre tiene algún caballo en proceso de doma.
No cualquier caballo sirve para este fin; se requiere un animal noble y templado que no se asuste ante el fervor del público lorquino.
Para lograr estas piruetas en plena calle, utiliza el «cinchuelo de volteo», una pieza estrecha con dos asideros, esencial para mantener la estabilidad mientras el caballo galopa entre los vítores y el estruendo de la mítica «carrera».
Como detalle técnico destacado, Salvador monta a su ejemplar sin bocado, prescindiendo del hierro en la boca para el control del animal. Sin embargo, este año no lo veremos en la carrera debido a una lesión sufrida por el animal durante su última actuación en EQUIMUR (la Feria del Caballo de Torre Pacheco); en su lugar, ha montado el que usa habitualmente su hijo.











