EL MANTENIMIENTO:LA CLAVE PARA NO MORIR DE ÉXITO(O DE ABANDONO)
No hace mucho leía sobre la diferencia entre una empresa pública y una privada. No quiero entrar en el jardín de si es mejor lo uno o lo otro; solo quiero resaltar un matiz que nos afecta a todos.
El texto decía algo así: cuando un empresario crea una empresa de la nada, su sede es lo máximo que se puede permitir. Es una trinchera. Sabe que le toca resistir.
Los comienzos son duros: nadie te conoce, tienes que vender tu producto mientras te menosprecian y las herramientas son las básicas. Quizás un local alquilado con un lavado de cara y una furgoneta de segunda mano; lo justo para dar una imagen decente. Si entra el cliente, enciendes el aire; cuando se va, tiras de abanico.
Pero la idea fluye. Vendes y creces. La furgoneta usada se convierte en nueva. Con los años, aquel local destartalado se reforma. Compras muebles nuevos (¡menuda “panzá” de montar nos dimos con los primeros, que venían desmontados!).
Pasan los años y, si no llega una catástrofe, una crisis financiera o un político con ganas de tocar las narices, tu proyecto se consolida. Adquieres una nave, pones un letrero gigante en la puerta y tu empresa tiene una sede de categoría.
Han pasado 10 o 20 años, tienes canas y miras con orgullo eso que los políticos llaman con desprecio «micropyme» solo porque no tienes 400 empleados. Pero para ti y las familias que viven de ella, no eres una «micro»: eres el sustento.
Luego tenemos las empresas públicas. Sede de 40 millones de euros. Un empleado para cada tarea: el que barre, el del recogedor, la secretaria, la secretaria de la secretaria, el gerente, diecisiete directores generales, el cuñado y el que pasaba por allí porque tenía amigos en las altas esferas. Instalaciones de lujo y aire acondicionado a todo trapo (bueno, ahora legislan la temperatura porque el derroche era escandaloso… para reírse). Llega el político sacando barriga el día de la inauguración, corta la cinta rodeado de fotógrafos y clava una placa en la puerta donde solo falta que ponga: «Por mis santos bemoles, esto lo he inaugurado yo».
En la empresa pública pasan los años. Los vehículos están destartalados con 600.000 kilómetros. Los trabajadores rasos se quejan de maquinaria vieja. El edificio tiene goteras; cada vez que llueve, toca poner cubos. Los grifos del baño están rotos y nadie los cambia. El de mantenimiento ficha, pero como el jefe no está pendiente, se va a hacer mandados. Hay colas en los mostradores, pero es la hora de almorzar, así que prisa ninguna.
Esto, aunque parezca exagerado, refleja cómo la administración va a paso de tortuga aplicando mejoras. Se puede extrapolar a las carreteras: superautovías inauguradas a bombo y platillo que, treinta años después, están llenas de baches y señales quemadas por el sol. O a los trenes. O a la sanidad: un día nos acostamos con «la mejor del mundo» y al otro tenemos una colapsada donde tienes que programar las anginas con quince días de antelación. Vas a poner una denuncia por el robo que sufriste anoche —ese que aún no te explicas porque en tu barrio nunca pasaba nada— y la policía te dice que vuelvas más tarde, que la sección de denuncias no da abasto.
Es un peligro levantarse por la mañana y mirar alrededor. El mantenimiento es clave para no perder todo lo que hemos construido en los últimos años. Actuemos. No lo perdamos. Que la historia del inicio sea solo un mal cuento y nunca terminemos reflejados en ella.
Alfonso José Rodríguez Martínez
Lectura para gente interesante.



