El otro día estaba con las ventanas abiertas y en uno de los pisos que dan al patio de luces se podía oír la copla de Rafael Jaén, de los años setenta; “Me voy pal campo” que popularizo Manolo Escobar, y pensé que casualidad esta canción viene al pelo, y es que la vivienda se ha convertido en uno de los grandes problemas del segundo milenio.
Casi siempre pensamos en los jóvenes que desean poder empezar algo en su vida. Sin embargo, se nos olvidan nuestros mayores pues crecen los casos en los que se hacen más vulnerables y necesitan más seguridad para afrontar el resto de su vida. Por eso una verdadera política de vivienda debe atender todas las etapas de la vida.
El caso de Maricarmen ha vuelto a situar el problema en el centro del debate público. Ya que, es una de esas realidades que despiertan una lógica sensibilidad social. Sin embargo, las soluciones duraderas deben buscar el equilibrio entre todas las partes que intervienen.
El inquilino necesita estabilidad, precios asumibles y protección en situaciones de verdadera vulnerabilidad. El propietario también necesita seguridad jurídica, garantías de cobro y procedimientos eficaces ante los incumplimientos. Una Administración responsable puede proteger a las familias vulnerables mediante ayudas, avales, seguros de impago y programas de alquiler garantizado, ofreciendo confianza al propietario para que coloque su vivienda en el mercado.
Durante décadas, las Viviendas de Protección Oficial permitieron que numerosas familias accedieran a un hogar mediante precios adaptados a sus posibilidades. Recuperar una política ambiciosa de vivienda protegida debería convertirse en una prioridad de las administraciones públicas.
El problema de la vivienda exige menos enfrentamiento ideológico y mucha más planificación, donde intervienen el suelo, la agilización administrativa, la colaboración público-privada, la seguridad jurídica y suficiente vivienda protegida.
Una sociedad digna debe permitir a sus jóvenes disponer de una casa desde la que poder empezar y a sus mayores conservar una vivienda en la que poder terminar, con seguridad y dignidad.
LA situación generalizada de la vivienda también invita a mirar hacia nuestros pueblos y campos. Mientras las grandes ciudades concentran demanda y precios elevados, numerosos municipios rurales necesitan población y cuentan con viviendas susceptibles de rehabilitación. Impulsar vivienda protegida, ayudas a la rehabilitación, buenas conexiones, transporte y servicios básicos permitiría tener hogares más grandes, tranquilos y asequibles, y favorecería la recuperación de la España rural.
Resolver el problema de la vivienda exige consenso, voluntad de acuerdo y generosidad para ceder. Sin embargo, seguimos empeñados en abordar esta realidad desde el enfrentamiento ideológico, cuando lo urgente es ampliar la mirada y buscar soluciones a los problemas que de verdad importan. La vivienda merece una política que reúna esfuerzos y permita a cada persona construir su vida y envejecer con dignidad.
Y, parafraseando a Manolo Escobar; “la ciudad yo ya no la aguanto”. Soy de la opinión de que, si un gobierno es incapaz de crear las condiciones para que tengamos un lugar donde poder vivir, lo mejor es que podamos vivir sin ese gobierno.
Rosario Segura








