Mié. Sep 30th, 2026

ZADAR: LA JOYA DEL ADRIÁTICO por Alfonso J.

Un relato sobre su resiliencia, historia y belleza en ruta
Aparcar el coche después de una buena tirada de kilómetros en nuestra ruta por tierras croatas tiene su recompensa cuando pones un pie en el centro de Zadar. Al caminar por sus calles empedradas, uno siente inmediatamente el peso y la magia de la historia. Es una ciudad que, a pesar de sus profundas cicatrices, brilla con una luz inigualable.

Desde la imponente Puerta de Terraferma (Kopnena vrata), coronada por el icónico León alado de San Marcos que nos recuerda su importante pasado bajo el dominio veneciano, hasta el encantador y sereno puerto de Foša, donde los pequeños barcos descansan junto a las robustas murallas de piedra; Zadar se presenta ante los ojos del viajero como un auténtico museo al aire libre. Sin embargo, la serenidad de sus pintorescas plazas, como la Plaza del Pueblo (Narodni Trg) con su elegante Torre del Reloj y la Logia de la Ciudad iluminadas cálidamente en la noche, esconde un pasado sorprendentemente turbulento.
Para comprender de qué pasta está hecha una ciudad, a veces hay que rascar un poco en su fachada y ver qué hay debajo, como cuando levantas el capó de un motor antiguo para ver qué lo hace funcionar. Y es que Zadar fue una ciudad brutalmente bombardeada y posteriormente reconstruida. Durante la Segunda Guerra Mundial, sufrió devastadores bombardeos por parte de los Aliados que destruyeron aproximadamente el 80% de su centro histórico, ganándose en aquella época el triste apodo del «Dresden del Adriático». Décadas más tarde, durante la dura Guerra de Independencia de Croacia a principios de la década de 1990, volvió a ser asediada, sufriendo nuevos daños significativos en su incalculable patrimonio cultural y arquitectónico.
«La ciudad es un testimonio vivo de supervivencia; cada bloque de piedra caliza pulida en sus calles nos cuenta una historia de destrucción y un esfuerzo aún mayor de reconstrucción.»
Pero Zadar es, por encima de todo, un majestuoso símbolo de resiliencia. Sus habitantes reconstruyeron meticulosamente su amada ciudad, restaurando con cuidado monumentos como los impresionantes ábsides románicos de la Iglesia de San Crisógono, que tuvimos la suerte de admirar con detenimiento en nuestro recorrido a pie. Hoy en día, la ciudad ha renacido de sus cenizas con una fuerza asombrosa y se ha transformado en uno de los destinos turísticos más fascinantes del país.
A diferencia de otras ciudades costeras de la región que a menudo se ven abrumadas por el turismo masivo, Zadar ofrece una experiencia mucho más auténtica. Sus estrechas calles de piedra clara, desgastadas y pulidas por siglos de pasos, invitan a perderse sin rumbo. La ciudad mezcla a la perfección las antiguas ruinas romanas y la imponente arquitectura medieval con la vitalidad de la vida moderna. Al pasear junto a los escaparates actuales que conviven en armonía con fachadas centenarias, o al observar escenas tan cotidianas como una vieja bicicleta apoyada en una pared de aspecto gastado, se percibe claramente que Zadar no es un decorado de cartón piedra para turistas, sino una urbe viva que respira.
Este alto en el camino nos ha regalado un tramo verdaderamente inolvidable en nuestro viaje. Es un lugar donde la triste historia de la guerra ha sido superada con creces por la belleza monumental y la siempre cálida acogida del espíritu mediterráneo, demostrando que, incluso tras la peor de las tormentas, la belleza siempre encuentra la forma de prevalecer y florecer de nuevo.

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