SAN CLEMENTE, PUENTE ENTRELOS PUEBLOS por Rosario Segura
Noviembre en Lorca es sinónimo de San Clemente. Y no solo porque las calles se vistan de fiesta o porque el pregón, el desfile y la recreación de la conquista del castillo evoquen nuestra Edad Media. San Clemente es, sobre todo, un recordatorio de convivencia. De aquella convivencia, a veces idealizada y otras veces rota por la intolerancia, entre musulmanes, judíos y cristianos que compartieron esta tierra del Reino de Murcia.
Recordemos que las religiones abrahámicas, (judaísmo, cristianismo e islam), son brazos de un mismo tronco espiritual. Comparten los profetas, el valor de la palabra revelada y la fe en un único Dios. Los cristianos somos, en cierto modo, hijos de los judíos: heredamos la Torá, los salmos, las enseñanzas de Moisés y la tradición del pueblo de Israel. El propio Corán, aunque adopte un tono cada vez más crítico hacia los “hijos de Israel”, no deja de reconocer su vínculo con ellos.
Y, sin embargo, incluso en ese conflicto teológico, hay una base común que hoy no deberíamos olvidar. Los tres monoteísmos nacen del mismo impulso, se trata de creer que el ser humano puede entender el mundo a través de la fe, la razón y la justicia. Que hay un principio moral superior que nos iguala ante Dios. Estimo que el gran reto de hoy no es si las religiones pueden coexistir, sino si pueden hacerlo sin caer en el fanatismo.
El extremismo es la enfermedad que corroe el alma de la religión. Lo mismo da si se reviste de cruz, de media luna o de estrella de David. Cada vez que alguien mata, oprime o margina en nombre de Dios, traiciona la esencia misma de la fe. Y si bien en Occidente hemos avanzado en separar lo religioso de lo político, aún existen lugares donde esa frontera no solo no se respeta, sino que se borra deliberadamente para justificar el sometimiento, especialmente de la mujer.
Me preocupa el modelo femenino que ciertas corrientes del islam promueven. Me cuesta encontrar ejemplos de mujeres que hayan destacado en el mundo musulmán contemporáneo, y no por falta de talento o inteligencia, sino por las trabas culturales, sociales y religiosas que muchas enfrentan desde la infancia. Resulta obsceno que en pleno siglo XXI existan países donde la mujer no puede estudiar libremente, elegir su vestimenta o participar en la vida pública. Sin embargo, ha habido mujeres judías como Golda Meir, la primera ministra israelí, una mujer que lideró su nación en tiempos de guerra con una firmeza comparable a la de cualquier estadista de su tiempo; o Angela Merkel, cristiana, que durante 16 años dirigió Alemania con una serenidad y eficacia admirables; o incluso Sanae Takaichi, actual primera ministra de Japón, de orientación sintoísta, que representa una cultura donde, pese al peso del tradicionalismo, la mujer ha logrado alcanzar las más altas responsabilidades.
El contraste es doloroso. No porque una religión sea “mejor” que otra, sino porque los extremismos (patriarcales y teocráticos) siguen frenando la igualdad. Y sin igualdad, no puede haber verdadera convivencia.
El islam, por la interpretación rígida y literalista que se impone en la cultura confinó a la mujer al silencio. Y ese silencio, mantenido durante siglos, se ha convertido en una losa que impide el progreso.
El mundo avanza cuando las religiones se humanizan, cuando aceptan que el mensaje divino no puede ser usado como instrumento de poder ni de opresión.
Lorca, con sus fiestas de San Clemente, tiene la suerte de poder recordarnos esto sin grandes discursos. Basta con ver el desfile en el que cristianos, musulmanes y judíos caminan juntos, no como enemigos, sino como protagonistas de una historia común. Una historia que no siempre fue idílica, pero que demuestra que la convivencia es posible cuando se basa en el respeto.
El verdadero reto no está en reivindicar un pasado multicultural, sino en construir un presente que lo merezca. Porque las religiones no desaparecerán, pues están destinadas a vivir. Pero deben hacerlo libres de los extremismos que tanto daño han causado a la humanidad.
San Clemente, patrón de Lorca, debería ser también del diálogo, ruega para que sepamos vivir juntos, sin miedo y sin prejuicios. En un mundo que se empeña en dividirnos, Lorca, en esta fecha puede recordar que la fe, cuando se vive con respeto, puede ser un gran puente entre los pueblos.
Rosario Segura





