¿A QUE ESTAMOS DISPUESTOS? por Rosario Segura
Llamar “totalitario” a todo lo que no nos gusta es una forma cómoda de no pensar. Según la filósofa judía Arendt; “El autoritarismo se sostiene en la obediencia jerárquica. Se trata de la tiranía, en la violencia en nombre del orden y produce un terror que invade incluso la vida privada y puede devorar tanto a enemigos como a seguidores”.
Muchos populismos actuales, siguen celebrando elecciones, toleran cierta pluralidad y se mueven dentro del marco formal del Estado de derecho (no pongo ejemplos peros todos sabemos de países que viven así). Pero que no sean totalitarios no los hace limpios.
Los populismos toman del autoritarismo el estilo, de la tiranía el discurso del orden, y de la filosofía totalitaria algo muy peligroso como la manipulación emocional de masas que renuncian a pensar críticamente.
Lo que los define es que no hacen una política desde la razón sino desde las entrañas donde la emoción desplaza al sentido común-lógico y el sentimiento desplaza el argumento.
Arendt halaba de que el campo abonado del populismo se encuentra en el “hombre masa”, aislado, sin vínculos sólidos, vulnerable a cualquier relato que le prometa sentido y enemigos claros. Hoy ese sujeto (mujer u hombre) se halla en nuestra sociedad sentado frente a una pantalla, jugando con el dedo pulgar pegado a un mando y absorbiendo infinitos mensajes que lo alienan del mundo en el que realmente vive.
Para Bauman (premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010) la sociedad liquida que se adapta al contexto donde se desarrolla, sin criterio propio; es inestable y volátil, es el caldo de cultivo perfecto para un populismo que vive de emociones instantáneas, de la indignación de hoy y del olvido de mañana.
¿Y cómo es el líder totalitario? Para la filósofa alemana es alguien capaz de explotar el resentimiento de los que se sienten marginados, señalando a un culpable y dividiendo el mundo en amigos y enemigos. El populismo de ahora es parecido a este esquema y a todos nos suena eso del pueblo frente a la casta, la gente normal frente a la élite, o por otro lado los patriotas frente a los traidores. Así es muy fácil simplificar la realidad compleja de la sociedad haciendo un relato casi infantil y moralista en donde la culpa de nuestras frustraciones la tiene alguien en concreto, siendo la mentira un recurso sistemático.
Hay que recordar que la democracia se nutre de la opinión basada en hechos, sin embargo, corre el peligro de que cada grupo viva en su burbuja informativa y dude de otros datos que no encajen en su visión y claro sin una base mínima de realidad común, se corre el riego grave de la guerra cultural y aquí se mueve bien el populismo. De ahí la tremenda importancia de los mass media, en su lealtad a la veracidad.
Es evidente además que los populismos tienden a mantener la sociedad en tensión permanente, a vivir de la crisis y de la polarización, y a la postre el choque con el Estado de derecho es inevitable. Es entonces cuando los jueces comienzan a ser un problema y la separación de poderes se hace totalmente imprescindible para la democracia. Estas circunstancias parece que nos suenan a todos, no obstante, estimo que no se trata de cargarse solo a un líder carismático, sino de preguntarnos ¿estamos dispuestos a renunciar al pensamiento crítico a cambio de orden o simple tranquilidad?





