“KING KONG” por Luis Campoy
King Kong irrumpió en la historia del cine como un fenómeno sin precedentes.
El 2 de marzo de 1933, el público del neoyorkino Radio City Music Hall quedó sobrecogido ante la visión de un gigantesco gorila emergiendo de la selva para apoderarse de la protagonista.
Aquella mezcla de terror, fascinación y asombro resultó tan intensa que hoy, acostumbrados a los efectos digitales, difícilmente podemos siquiera imaginar su impacto.
La trama sigue a Carl Denham, un director de cine decidido a rodar una película en una remota isla del Pacífico. Para interpretar a la protagonista contrata a última hora a Ann Darrow, una actriz en horas bajas a la que ha conocido por casualidad. Al llegar a la misteriosa Isla de la Calavera, Ann es secuestrada por los nativos y ofrecida como sacrificio a Kong, un simio gigantesco que la lleva a su guarida y la protege de criaturas prehistóricas. Denham y el marinero Jack Driscoll logran rescatarla y capturar a Kong, trasladándolo a Nueva York como “la octava maravilla del mundo”. Pero el monstruo escapa, recupera a Ann y escala el Empire State Building en una de las escenas más icónicas del Séptimo Arte…
El alma del proyecto fue Merian C. Cooper, aventurero, aviador y cineasta, acompañado por su inseparable colaborador Ernest B. Schoedsack y la escritora Ruth Rose.
Los tres proyectaron en la película sus propias personalidades: Cooper como Denham, Schoedsack como Driscoll y Rose como Ann. Inspirados por novelas de aventuras como El mundo perdido, concibieron una historia que mezclaba exotismo, criaturas imposibles y un romance tan extraño como magnético.
Tras ser rechazado por Paramount en plena Gran Depresión, Cooper logró convencer a David O. Selznick de RKO Radio Pictures, quien dio luz verde al proyecto.
Los primeros títulos que se barajaron fueron un tanto ambiguos: “The Beast” (“La bestia”) y “King Of Beasts” (“El rey de las bestias”), pero Cooper pensó que quedaría mejor si se añadía una palabra contundente que comenzase con la letra “K”.
De “Congo” (país de procedencia de muchas especies de gorilas) se pasó a “Kongo” y de ahí surgió el nombre del simio: “Kong”, tras lo cual se combinaron los conceptos iniciales y así nació King Kong, el Rey Kong.
Para protagonizar la cinta, se escogió a actores cuyos salarios no supusieran un gran desembolso económico como Robert Armstrong y Bruce Cabot, y a la ascendente Fay Wray se la eligió por su habilidad para emitir grititos aterrorizados.
Pero el encuentro decisivo llegó cuando Cooper descubrió el trabajo de Willis O’Brien, maestro del stop‑motion (animación “cuadrito por cuadrito”), capaz de insuflar vida a pequeñas maquetas de dinosaurios y criaturas fantásticas mediante minuciosos movimientos que requerían 24 fotogramas para configurar un segundo de película.
Su talento permitió que Kong existiera en pantalla con una fuerza y un realismo nunca vistos. A ello se sumaron la fotografía de Eddie Linden y Vernon Walker, los enormes decorados de Carroll Clark y la poderosa partitura de Max Steiner, que consolidó el lenguaje musical del cine de aventuras.
El éxito fue inmediato: King Kong recaudó cinco millones de dólares, una cifra colosal para la época, y dio pie a una secuela estrenada ese mismo año, El hijo de Kong. Con el tiempo llegarían homenajes, remakes, reinterpretaciones y toda una franquicia que mantiene vivo al personaje.
La imagen de Kong trepando al Empire State se convirtió en un símbolo universal, incluso para quienes nunca han visto la película. Más allá de su iconografía, King Kong es una fábula sobre el choque entre civilización y primitivismo, una historia de amor imposible y una tragedia en la que la inocencia del monstruo sucumbe ante la ambición humana.
Kong representa lo salvaje, lo puro y lo desconocido; sus captores, la modernidad voraz. Por eso, aunque los aviones lo derriben, la película nos recuerda que no fueron las balas las que mataron a la Bestia, sino la fuerza devastadora del amor que la Bella desperto en el.


