Lorca un territorio de dimensiones formidables.
No siempre Lorca fue el segundo municipio más grande de España, hubo una época en que fue enorme, inmenso.
Al analizar la cartografía histórica y la evolución de sus fronteras, resulta evidente que la jurisdicción lorquina poseía una envergadura excepcional. Durante su periodo de máxima expansión, el territorio controlado por la ciudad superó los 2.500 kilómetros cuadrados de superficie, un dato que contrasta notablemente con los 1.681 kilómetros cuadrados que conforman su delimitación actual.
Para comprender la génesis de esta vasta extensión territorial, es imperativo remontarse a los albores de la presencia castellana. Entre los años 1240 y 1250, el dominio jurisdiccional de Lorca se circunscribía casi exclusivamente a su vega, encontrando sus fronteras naturales en las estribaciones montañosas colindantes. No obstante, el fracaso de la rebelión mudéjar de 1264 provocó un éxodo masivo de la población islámica hacia el Reino nazarí de Granada. Este fenómeno demográfico transformó la región en un extenso territorio fronterizo, despoblado y de alta inestabilidad.
Ante este vacío poblacional, la ciudad se erigió como un núcleo estratégico de atracción y defensa. El hito fundamental en su expansión se produjo en 1299, cuando el monarca Fernando IV otorgó a Lorca la titularidad de diversos señoríos y fortificaciones, entre los que figuraban Amir, Nogalte, Puentes, Celda, Coy, Ugíjar, Calenque, Caristón y Alhama. La finalidad de esta concesión regia era de carácter eminentemente militar y fronterizo: dotar a Lorca de los recursos territoriales necesarios para frenar el avance del Reino de Aragón. Esta política de consolidación prosiguió en las centurias siguientes. A finales del siglo XV se materializó la anexión de Huércal y Overa, y a comienzos del XVI se incorporaron los enclaves de Xiquena y Tirieza. Estos últimos, aunque desprovistos ya de un valor estrictamente estratégico militar, resultaban imperativos para garantizar el dominio de los recursos hídricos que abastecían la huerta.
Iniciado el siglo XVI, el término municipal constituía un territorio de dimensiones formidables. Sus límites se extendían desde Coy en el norte hasta el litoral de Águilas y las tierras de Pulpí en el sur; desde los confines con Totana hasta los de Vélez; y desde las jurisdicciones de Cartagena y Murcia hasta las proximidades de Vera. Esta espectacular expansión obedeció principalmente a dos factores: el interés de la oligarquía local por asegurar el control de las zonas de pasto —pilar fundamental de la economía ganadera de la época— y la ya mencionada necesidad de monopolizar el acceso al agua.
Sin embargo, todo proceso de gran concentración territorial suele ir seguido de una inevitable disgregación a lo largo del tiempo. A partir de mediados del siglo XVI, este inmenso término municipal comenzó a experimentar sucesivas escisiones. La primera de ellas fue la de Mazarrón en 1572, impulsada por el auge económico y demográfico derivado de la explotación de sus minas de alumbre. A esta le siguió la emancipación de Huércal-Overa en 1668; tras el repoblamiento cristiano de la zona posterior a la Guerra de las Alpujarras, sus habitantes adquirieron formalmente su propia jurisdicción mediante compra a la Corona, separándose de la administración lorquina.
En los siglos posteriores, el proceso de disgregación continuó su curso. Fuente Álamo no logró materializar su separación definitiva hasta el año 1820. Por su parte, Águilas, un territorio originalmente despoblado cuya defensa litoral frente a la piratería norteafricana requirió la edificación de torres de vigilancia, comenzó a conformarse como núcleo urbano en el siglo XVIII bajo las directrices del Conde de Aranda. A pesar de la férrea oposición institucional de Lorca para conservar su franja costera, Águilas consiguió su estatus de municipio independiente en 1834.
El último capítulo de esta reestructuración jurisdiccional se escribió a mediados del siglo XX con la segregación de Puerto Lumbreras. Para entender su contexto, cabe señalar que, hacia 1850, este núcleo albergaba a unos 600 habitantes. En aquella época, la mayor parte de la población residía en viviendas trogloditas (casas-cueva) excavadas en la ladera del Cerro de Nogalte, elevación coronada por las ruinas de su antigua fortaleza medieval. A los pies del cerro había comenzado a desarrollarse una incipiente trama urbana estructurada en torno a edificios clave, como la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario y la plaza del mercado, sustentada por una economía de base fundamentalmente agraria y de manufactura artesanal.
Los antecedentes jurídicos del proceso independentista lumbrerense se remontan, no obstante, al año 1812. Al amparo de la Constitución de Cádiz, que dictaminaba la creación de ayuntamientos propios en aquellas poblaciones que superasen el millar de habitantes, Puerto Lumbreras inició un proceso constitutivo. Dicho intento quedó truncado y sin efecto debido a la restauración del absolutismo por parte de Fernando VII. Hubo de transcurrir más de un siglo para que, finalmente, mediante el decreto del 7 de febrero de 1958, Puerto Lumbreras alcanzara su autonomía administrativa, erigiéndose como el último municipio en independizarse y otorgando a Lorca la configuración territorial que conserva en la actualidad. El 7 de Julio de 1958 culmina con la constitución ofical del primer ayuntamiento. Se celebra como el Día de la Independencia y es una festividad local muy señalada en la que el Ayuntamiento organiza actos conmemorativos e institucionales.






