MUCHOS TÍTULOS

Un título académico debería ser una puerta, no un decorado. Y hoy, esa puerta abre a un pasillo lleno de prácticas mal pagadas, contratos precarios y la amarga sensación de que nadie les enseñó realmente a hacer aquello para lo que supuestamente estudiaron.
Ahora que han terminado la carrera ya tengo hijos ingenieros y durante años les hemos dicho que estudiaran para prepararse bien, ya que el conocimiento era el camino hacia un futuro mejor. Pero cuando han acabado y miramos las perspectivas laborales que ofrece la Región de Murcia a los jóvenes ingenieros, descubrimos una realidad que pasa por sufrir noches de estudio para conseguir una formación altamente especializada, y sin embargo las ofertas salariales de entrada dejan mucho que desear.
Una sociedad que no remunera adecuadamente la formación, la responsabilidad y el conocimiento está enviando un mensaje devastador a sus jóvenes en la línea de que es bueno estudiar, pero no esperes que tu esfuerzo sea reconocido. Ya no se cumple eso de estudia, consigue un título y tendrás un buen trabajo.
Es palmario que nuestro sistema educativo no siempre forma para trabajar, sino para aprobar, acumular créditos, superar exámenes y obtener un papel que después no garantiza saber desenvolverse en un puesto real.
El problema no es anecdótico, pues, según la Fundación CYD, España es el país de la Unión Europea con mayor sobrecualificación, pero el 35,8% de los ocupados con estudios superiores trabajaba en puestos de baja cualificación, frente al 21,9% de la media europea. Es decir, tenemos muchos titulados, pero gran parte de ellos acaba desempeñando tareas para las que no hacía falta tanta formación. Algo falla entre lo que se enseña, lo que se estudia, lo que demanda la empresa y lo que realmente ofrece nuestra economía.
Durante mucho tiempo se ha confundido el prestigio académico con utilidad profesional. Se nos ha presentado la universidad como el camino natural del éxito, mientras la Formación Profesional cargaba injustamente con la etiqueta de segunda opción. Sin embargo, los datos empiezan a quitar ese prejuicio. El informe Infoempleo-Adecco 2024 señala que casi el 47% de las ofertas de empleo que especifican formación piden perfiles de FP, frente a poco más del 21% que solicitan titulación universitaria.
El mercado laboral está mandando un mensaje claro que se enfrenta a la necesidad de perfiles técnicos, es decir personas capaces de incorporarse a procesos productivos concretos.
Una encuesta de Europa Press indica que el 52% de los universitarios españoles no se considera suficientemente preparado para salir al mercado laboral al terminar la carrera. No deja de ser llamativo que jóvenes que han pasado cuatro años en la universidad reconocen que, al acabar, no se sienten listos para trabajar.
Es decir que no basta con saber la teoría si después no se sabe convertir esa teoría en una solución. El mercado laboral no pide solo memoria, pide criterio. No pide expedientes, pide competencia. No pide solo títulos, pide oficio.
Por otro lado, las empresas dicen no encontrar perfiles adecuados, mientras miles de graduados no hallan su sitio. Tenemos un país que presume de formación mientras desperdicia talento en empleos que no aprovechan ni su esfuerzo ni su capacidad.
Un título debería ser una puerta, no un decorado. Y hoy, esa puerta abre a un pasillo lleno de prácticas mal pagadas, contratos precarios y la amarga sensación de que nadie les enseñó realmente a hacer aquello para lo que supuestamente estudiaron.
Rosario Segura Pérez-Muelas







