LA RUTA DEL DESIERTO:DEL LUJO DE FEZ A LA PUERTA DEL SAHARA
Después de dejar atrás el estrés acumulado por el tráfico de Fez, y tras una reparadora noche en nuestras cómodas habitaciones, desayunamos a lo grande en el Riad. En el patio central, ricamente decorado, nos esperaba un desayuno de primer nivel para coger fuerzas para lo que se nos venía encima: miel, fruta, dulces típicos, crêpes, café y zumos.
La siguiente etapa nos llevaría directos al desierto, pero antes necesitábamos algunos suministros. Decidimos acudir a un centro comercial, muy moderno pero casi todo cerrado a las once de la mañana. Curiosos horarios (imagino que debido al Ramadán). El objetivo no era otro que cargar la tarjeta SIM para seguir teniendo internet, nuestra salvación en tierras extrañas. Curiosamente, Marruecos tiene una cobertura espectacular en casi todas partes. También reponíamos las provisiones de agua y comida. En Fez la temperatura era agradable, pero pronto comprobaremos que con cada kilómetro hacia el sur aumentaría. Recuperamos el Jeep del aparcamiento y pusimos el ordenador de a bordo rumbo a Merzouga, como siempre, sin saber cuánto daría de sí la carretera, dónde íbamos a dormir ni si llegaríamos.
El Contraste del Atlas y el Valle del Ziz
Pasamos el mal trago de atravesar la gran ciudad que es Fez y cogimos la carretera rumbo al sur. Conforme descendíamos, el paisaje iba cambiando: del verde asombroso del Marruecos septentrional a una creciente presencia de tierra rojiza, con las grandes montañas nevadas al fondo que hacen de barrera natural para detener el implacable avance del desierto.
Resultaban llamativos los ríos que erosionaban el terreno hasta esconderse en espectaculares cañones, donde la vida se hacía en sus orillas.
Ahí estaba la vegetación, porque más allá del río todo era tierra seca.
Algunas carreteras iban paralelas a estos cauces. También era impresionante el mar de basura y plásticos acumulado en las llanuras; parecía en ocasiones que todo el plástico de Europa fuera a parar allí, sin nadie que lo recoja o recicle.
Hicimos kilómetros al sur, salvando cada cruce y cada Stop realizado rigurosamente. La Gendarmería marroquí y sus radares están apostados en los lugares más insospechados. La carretera tan pronto era de cuatro carriles como, de repente, volvíamos a un camino de cabras. Y es que todo Marruecos está en obras, desdoblando carreteras. A lo lejos, la nieve en las montañas asomaba; aún teníamos que dejarlas a un lado y continuar hacia el desierto.
El Respiro del Camping Jurassique
Después de cinco o seis horas para recorrer poco más de 300 kilómetros, aún nos quedaban otros 200 km para llegar a la ciudad de Merzouga y buscar un lugar para dormir. Eran las seis de la tarde y quedaba poco más de una hora de sol. No había grandes poblaciones en el camino, así que no nos quedaba más remedio que continuar. El cansancio, el hastío de ir a sesenta kilómetros por hora todo el tiempo y los controles policiales desesperan a cualquiera.
Afortunadamente, internet, San Google y sus mapas resultaron efectivos en lugares impresionantemente remotos. El GPS nos marcaba una serie de cámpins. Nosotros avanzábamos paralelos al Uadi Ziz, y al torcer una curva muy sinuosa, nos encontramos un cartel y una flecha: Camping Jurassique. Un Triceratops nos daba la bienvenida.
Serían aproximadamente las siete de la tarde. Una edificación con un pequeño aparcamiento; a la izquierda, unas haimas con gente cenando y, al fondo, caravanas, tiendas de campaña y coches remataban nuestra visual del conjunto. Pronto, un señor, envuelto en un turbante y chilaba, nos recibía en perfecto español. Claro, le habíamos fastidiado la cena, después de todo el día sin comer. Nos dimos cuenta del detalle y le pedimos, por favor, que terminase. Ya sabíamos que costase lo que costase, nosotros cuatro dormíamos allí.
Iba dispuesto a montar la tienda de campaña y dormir en el suelo, pero… también tenían habitaciones y… ¡cena!
Escogimos una habitación. No puedo afirmar que aquello fuera el Ritz; era un camping que en el edificio disponía de un pabellón con habitaciones con baño. El lugar tenía sus años, pero estaba limpio. Nos gustó, pero nos gustó aún más el trato que nos dio el propietario: una hospitalidad exquisita, amable, cercano y hablaba español perfectamente. Y la cena fue espectacular.
Ya podíamos decir que estábamos en la puerta del desierto. El ambiente era seco e inhóspito, todo piedras y tierra. Solo resaltaba el río y la vegetación de olivos y palmeras en su margen… más allá, todo seco. Pudimos hablar con una pareja de españoles que llevaban ya un mes en su caravana por aquellas tierras, con una buena conexión a internet. La gente intenta vivir libre donde le gusta y las instalaciones invitaban a quedarse. Nos gustaron tanto que tres días más tarde, ya a la vuelta, volveríamos a parar allí a saludar y comer algo, aunque no nos coincidió para dormir. Los niños estaban ansiosos por salir a la mañana siguiente. Aunque ya estábamos a las puertas del desierto, en su imaginación el desierto es un mar de arena, y nada más lejos de la realidad: hay más de pedregal que de dunas y arena.






















